ALEM, KANT Y SU INFLUENCIA EN LA DOCTRINA RADICAL
Introducción
Hay poco escrito sobre el tema. Sólo se encuentran menciones en algunos libros de poca circulación.
El perfil de la acción política de Leandro N. Alem, sus discursos en público y en los distintos parlamentos, denotan una concienzuda lectura de filósofos como Kant y Sócrates.
Este breve estudio preliminar, está basado en una lectura de Kant que intenta confrontar las ideas de Alem con los pensamientos del filósofo alemán.
El historiador Norberto Lucchesi, en su libro “Alem, su pensamiento filosófico y político”, dice que el líder radical tenía amor por la sabiduría, lo que lo habilitaba a ser un filósofo. Esta práctica la desarrollaba como profesor dictando el primero y segundo curso de Filosofía en la escuela “América del Sud”.
Toda su ética política está íntimamente relacionada con el filosofar de Inmanuel Kant.
El romanticismo-idealista que rechaza fuertemente el positivismo a ultranza, ligado al materialismo corruptor del Régimen, es un pensamiento alemniano-kantiano.
La ideología liberal, el “orden y la paz armonizándolas con la libertad”, sumados al deber y la moral como imperativos categóricos, están ligados a Kant.
La libertad de pensamiento, paradigma kantiano atado a la “autonomía”, es una herramienta ideológica que Alem defiende a diario en su lucha política. Kant dice que la “autonomía” es “el fundamento de la dignidad humana y de toda naturaleza racional”. Esta construcción de filosofía política tiene que ver con el pensamiento crítico, base cívica de la cultura democrática del pueblo.
Goethe, refiriéndose a Kant, dice: “los filósofos, por su parte, no pueden ofrecernos otra cosa que formas de vida”, también habla de la “severa moderación de Kant” por lo que su filosofía nos conduce a: “estar en consonancia con nosotros mismos” para poder “neutralizar las desarmonías que nos imponen desde afuera”.
Alem y Kant, vida y doctrina (filosófica y política)
Kant dice que su madre fue el pilar que sembró en él “la primera simiente del bien”, “la que abrió mi corazón a las impresiones de la naturaleza, la que despertó y alentó mis ideas”. Fue ella la que primero descubrió sus dotes intelectuales y, aconsejada por un profesor del adolescente, lo envió a una escuela de humanidades.
En ella Kant desarrolló su cultura espiritual y donde practicó la lectura de los autores latinos con devoción. Estos dos aprendizajes lo acompañaron hasta sus últimos días.
Por otro lado, más allá de lo cognitivo y educacional que le dio la escuela, ve esa parte de su vida como la de “esclavitud juvenil”. Esto deja en claro que la educación juvenil de Kant, dejó impresiones que nunca pudo borrar de su espíritu. Tal vez esta “esclavitud juvenil” es la que disparó esta idea de Libertad que tan claramente expresan Alem y Kant, uno en su acción política y el otro en sus escritos filosóficos y sus clases en los claustros universitarios.
Ernst Cassirer, en su libro “Kant, Vida y Obra”, Edit. Fondo de Cultura Económica, México D.F., año 1948, dice que Hippel, su biógrafo, cuenta que Kant era una persona muy retraída para dar rienda suelta a sus afectos o emociones pero, cuando recordaba sus años de “esclavitud juvenil” sentía todavía una sensación profunda de angustia y terror que expresaba elocuentemente.
Para Kant, desde muy joven, la meta de su vida no fue la consecución de la dicha, sino otra muy distinta: la independencia de pensamiento y la independencia de voluntad.
Alem tenía un perfil muy similar. En un discurso que dio en Rosario, el 24 de Agosto de 1890, dice Don Leandro: “¡Desgraciados los pueblos que se hallan dominados por el sensualismo! ¡Desgraciados los pueblos que no tienen ideales! ¡Dejad esa tendencia de esperarlo todo de los gobernantes y grabad en vuestra conciencia la convicción de que este proceder rebaja el nivel moral de los pueblos!”
Los diferenciaba la forma de expresar sus emociones. Kant tenía una formación religiosa que venía del pietismo, esta cultura ejercía una “incansable e implacable vigilancia sobre el corazón” (textual del libro de Ernst Cassirer citado en párrafos anteriores).
Alem era un orador encendido y apasionado que no podía dejar de expresar sus sentimientos con convicción y pasión. Lo hermanaba a Kant una niñez y primera juventud desdichadas; la muerte de su padre y la condena social que le siguió, sumado a sus incursiones como soldado siendo muy joven, son un claro ejemplo de estas infortunadas similitudes.
El pensamiento crítico de Kant, a medida que va madurando, comienza a objetar esta ideología dura y conservadora que tenía su origen en su religiosidad pietista. Esta religiosidad tiende en sus orígenes pura y exclusivamente a vivificar una religiosidad interior, para luego ir degenerando en un patrón de pensamiento rígido y dogmático. Kant desde joven va rompiendo con este sesgo y busca el ejercicio de la ética desde una posición mucho más liberal y humanista.
Alem se vale de esta construcción filosófica ligada a las ideas morales, para tenerlas como base para su acción política. Es decir enancado al pensamiento de un filósofo que revolucionó la filosofía en la Europa del siglo XVIII; Don Leandro llena de virtud oratoria las tribunas políticas de la Argentina del siglo XIX. Esta virtud le vale el apodo del Robespierre de Balvanera, relacionándolo con uno de los oradores de la Revolución Francesa. En un discurso parlamentario expresa: “Gobernad lo menos posible porque mientras menos gobierno extraño tengan los hombres, más avanza en Libertad, fortalece su iniciativa y se desenvuelve su actividad…”
Hay otros dos paradigmas que hermanan a nuestro criollo Alem con el germano Kant que son sus visiones del “deber” y la “voluntad”.
En su libro “Fundamentación de la metafísica de las costumbres”, Kant dice taxativamente: “Los actos inspirados en el deber no tienen su valor moral en la intención que con ellos se trata de realizar, sino en la máxima en que se inspiran; no dependen, por tanto, de la realidad del objeto del acto, sino simplemente del principio de la voluntad con arreglo al cual se realiza el acto […]”. Cassirer, en el libro anteriormente mencionado, agrega al respecto: “el predicado de bueno corresponde a aquellos actos de voluntad no gobernados por un impulso fortuito y aislado, sino que se ejecutan con la vista puesta en la totalidad de las posibles determinaciones de voluntad y en su coincidencia interior. La “buena” voluntad es la voluntad de someterse a la ley […]”
En un célebre discurso en la Legislatura de Buenos Aires, en una sesión del 24 de Octubre de 1873, Alem le dice a los bonaerenses: “Al ingresar a la Cámara presté juramento porque me sentía y me siento con fuerzas para cumplir mis deberes según los dictámenes de mi conciencia y con sujeción a la razón y a la justicia […] soy partidario de la escuela que cree que el hombre debe cumplir con su deber en todas las ocasiones de la vida, y el que no sienta con fuerzas para cumplirlo, no debe aceptar puestos públicos […] ha habido jueces que han demostrado rectitud en épocas difíciles: no han hecho más que cumplir con el deber que les imponía el cargo”.
Es notable la similitud de los escritos de Kant y los discursos políticos de Don Leandro. Los dos sufrieron el escarnio y la crítica descarnada. Kant por su genialidad filosófica, su ruptura de paradigmas, su NUEVA filosofía, la filosofía que iba a nutrir con una enorme potencia el espíritu de la Alemania idealista y humanista. Fichte, uno de los grandes filósofos alemanes poskantianos, dice que le debe a Kant no sólo sus convicciones fundamentales, si no también su carácter.
Nuestro Alem también sufrió los más destructores ataques. Su ética y honestidad, volcados a su accionar político, ponían en evidencia a lo peor del Régimen. Él era el tribuno genial que llevaba a los distintos ámbitos políticos su verba inflamada, su descripción elocuente y sagaz de la corrupción conservadora que quería seguir manejando el país sin tener impedimento alguno.
Tan grande fue su sufrimiento que su voluntad kantiana no lo pudo resistir, un día de Julio de 1896 segó su vida. El Régimen debe haber festejado en algún salón dorado de un palacio afrancesado.
Leandro Nicéforo Alem, era un político de los que hoy casi no existen. Profesor de filosofía, abogado y militante radical. Un hombre de barrio que conocía de las inclemencias de la pobreza y las necesidades. Un político que leía a los grandes pensadores de su época e intentaba llevar ese pensamiento a la política real para mejorarla, para elevarla, para honrarla. Que creía que la POLÍTICA, era la herramienta más eficiente para lograr que su pueblo tenga al menos un poco de felicidad.
Muchos años los separaron, miles de kilómetros y otro ámbito cultural. Ninguno de los dos supo de la existencia del otro. Pero su idealismo los hizo luchar, a cada uno en su ámbito, por algo mejor, por enaltecer la condición humana. Tal vez no fueron los exitosos de su época, pero dejaron huellas indelebles de su virtuoso, y glorioso, vivir.
Marcelo Luis Tassara
Octubre de 2010.
miércoles, 6 de octubre de 2010
domingo, 28 de marzo de 2010
LA FILOSOFÍA POLÍTICA EN LA QUE ABREVÓ EL PRESIDENTE RAÚL R. ALFONSÍN
En un artículo publicado en La Nación -el 6 de junio del 2009- titulado “La filosofía política no es un lujo”, el filósofo Mario Bunge desarrolla, con la erudición que lo caracteriza, este tema hoy casi olvidado, por lo menos en la Argentina, por los políticos que nos representan.
Raúl R. Alfonsín fue tal vez el último de los políticos modernos, los que lo siguieron, en mi opinión, abrazaron la posmodernidad, que basó su acción política siguiendo el pensamiento filosófico histórico que fue tradición en su partido, la Unión Cívica Radical.
Todos sus discursos, en campaña política y ya en la máxima magistratura de la Nación, estuvieron teñidos del ideario krausista.
Este sistema filosófico fue adoptado por Hipólito Yrigoyen, allá a fines del siglo XIX, para nutrirse de sus ideas libertarias.
Cuando Alfonsín es invitado a disertar al Congreso de la Internacional Liberal, celebrado en Madrid, España el 3 de Octubre de 1985, donde le otorgan el premio a la Libertad, habla durante toda la conferencia sobre filosofía krausista.
Poco se habla hoy en la Argentina sobre esta verdadera “filosofía política de la Libertad”. A casi un año de la muerte de tal vez el último de sus cultores, me parece importante que la ciudadanía se entere de qué estamos hablando cuando hablamos de krausismo. Como dijo Alfonsín ese 3 de Octubre de 1985 allá en Madrid:
“Pensamos que es esta una inmejorable oportunidad para proponer algunas reflexiones sobre el método de la libertad a partir del pensamiento, de las actitudes y de las enseñanzas de otros hombres que hicieron de ese método la razón misma de su existencia”
Karl Christian Friedrich Krause nació en Eisenberg, una pequeña ciudad turingia que en aquel entonces pertenecía al Ducado de Alternburg –hoy Alemania-, un domingo 6 de mayo de 1781. Su padre, el pastor protestante Johan Friedrich Gotthard Krause, era profesor en la escuela de Eisenberg.
Este filósofo alemán, como muchos otros de esa época, fue quedando a la sombra de los grandes Kant, Fichte, Schelling y Hegel, pero la importancia de su obra filosófica no puede ser olvidada porque fue determinante en el rumbo histórico y político de la España de los siglos XIX y XX, y de América Latina, la Argentina en particular, en el mismo período.
Krause estaba dotado de conocimientos y capacidades muy diversas. Poseía una formación tan amplia que sus saberes iban desde la música a la lingüística, desde el derecho a las matemáticas, pasando por el arte y la pedagogía. Fue tanta su erudición que creo un verdadero “sistema filosófico” como se estilaba durante su época, en la cual el idealismo romántico fue un pensamiento muy difundido en lo que a filosofía se refiere.
Para el idealismo la construcción de un sistema filosófico era una verdadera necesidad, ellos no concebían a un pensador que pensara sobre los grandes temas en forma aislada de un todo. Un sistema filosófico era una verdadera estructura conceptual, cuyos componentes se interrelacionaban armoniosamente; hasta la más pequeña definición tenía que ver con un pensamiento de conceptualización superior.
Fue a través de dos krausistas belgas Ahrens y Tiberghien, cuyos textos habían sido traducidos al español, que llega esta corriente de pensamiento a América Latina. Luego el llamado krausismo español, cuyos principales exponentes son Sanz del Río, Giner de los Ríos y Azcárate, tuvo una gran influencia entre los adherentes americanos.
La revolución republicana de 1968, que viabilizó la creación de la I República española el 11 de febrero de 1873, estuvo fuertemente teñida de ideas de pensadores, intelectuales y políticos krausistas, algunos de ellos, luego de caída la República en 1874, crearon el Instituto de Libre Enseñanza en Madrid. Ese núcleo de intelectuales, años después, tuvo una marcada influencia en la creación del PSOE (Partido Socialista Obrero Español), que ya en el siglo XX llega al poder, a principios de la década del ‘80, de la mano de Felipe González.
En España en las últimas dos décadas y media se han hecho numerosos nuevos estudios sobre el krausismo.
El profesor de filosofía de la Universidad Pontificia de Comillas –Madrid, España- Enrique M. Ureña, que es además director del Instituto de Investigación sobre Liberalismo, Krausismo y Masonería de la misma universidad, es uno de los investigadores más prolíficos sobre Krause y el krausismo. Tiene una escrita una biografía sobre el filósofo titulada “Krause, el educador de la humanidad”(1991), el título de este libro es en sí mismo un enunciado muy significativo de la doctrina krausista. Este filósofo tenía la convicción que las sociedades se perfeccionan, alcanzando mejor calidad de vida, cuando avanzan en sus niveles de educación y cultura.
En su libro más conocido, “El Ideal de la Humanidad para la Vida” que finalizó de escribir en 1811, él expresa con claridad estas ideas pedagógicas. Las preocupaciones de Krause por la pedagogía fueron muy profundas tanto en lo teórico como en lo práctico; Richard Vetter en su prefacio del primer volumen donde analiza los escritos pedagógicos del filósofo tiene razón al expresar:
“La idea de que todo filósofo notable es también un pedagogo […] encuentra en Kart C. F. Krause no solamente su plena confirmación, sino que alcanza además en él su expresión más alta, ya que el filósofo se propuso como meta nada menos que lograr que la humanidad entera asimilase su sistema de la Ciencia y contribuir vigorosamente, a través de la pedagogía al perfeccionamiento de la Humanidad […] Krause no fue solamente un extraordinario teórico de la pedagogía; también como práctico tiene que decir en ella”.
Krause, según versa su diario personal, escribe estas líneas muy elocuentes:
“En el año 1808 concebí la idea de una Casa de la Educación de la Humanidad. ¿No debería tratar desde ese punto de vista toda la educación y: 1) escribir una obra: “Ideal de la Educación de la Humanidad”; después 2) erigir para ello una Casa de la Educación?”.
Este filósofo alemán era masón, de donde fue expulsado por los fuertes cuestionamientos que le hizo a la masonería de esa época, y gozaba de gran prestigio como pedagogo entre sus Hermanos de logia. Este prestigio hizo que su logia le pidiera asesoramiento para el instituto educativo que poseía la masonería y le ofreciera el cargo de Copresidente.
Muerto Krause, algunos de sus discípulos, entre los que se destacó Hermann von Leonhardi, sigue esta línea educativa y tiene encuentros con Friedrich Wilhelm Fröbel –en el primer encuentro entre Krause y Fröbel, Leonhardi había estado presente-.
Este gran pedagogo alemán, había coincidido con Krause haciendo docencia en la Universidad de Gotinga y el creador del krausismo acordaba con él en sus ideas sobre la educación alemana. De esta conjunción de ideas pedagógicas nace lo que luego se llamó el krausofröbelismo: una corriente de pensamiento pedagógico muy importante en la Alemania del siglo XIX que dio lugar años después a la creación de la Asociación general de la Educación, desde donde se trata de armonizar la auténtica formación del hombre con la formación nacional – idea que ya había esbozado Krause en su “Ideal de la Humanidad para la Vida” -.
Esta afanosa preocupación por la educación se refleja en la Argentina en forma concreta en la Reforma Universitaria de 1918, esta verdadera revolución pacífica en los claustros universitarios estaba íntimamente asociada al pensamiento krausista. Desde ahí esta idea de universidad autónoma, laica y con libertad de cátedra –los profesores iban a ser elegidos por concursos abiertos- se propaga a muchos países de América Latina llegando a México la fuerza del idealismo krausiano.
Horace Mann fue el gran impulsor de la educación en los Estados Unidos de Norteamérica en la década del 30 del siglo XIX, desde ese lugar, una educación con una fuerte impronta democrática, se llega a ser la potencia mundial que hoy es. Mann se apoya en los contenidos pedagógicos de Fröbel, es decir que la base filosófica de la educación del pueblo estadounidense tiene que ver con el krausofröbelismo.
El dos veces presidente de la República Oriental del Uruguay José Batlle y Ordóñez y el poeta y político cubano José Martí, además del APRA peruano cuyo origen está ligado a Víctor Raúl Haya de la Torre que tomó a la Reforma Universitaria del 18 como modelo estudiantil a copiar, el puertorriqueño Eugenio de Hostos y Bonilla que hizo una gran obra educativa en la República Dominicana y Francisco Madero en México, entre tantos otros latinoamericanos, tiñeron a esta geografía al sur del Río Bravo de filosofía krausiana.
La Doctrina del derecho es uno de los temas mejor tratados por Krause y sus discípulos, dado que no la expresa como una metafísica de relato oscuro o complicado como en otras partes de su sistema filosófico. Su vinculación con el Estado, según expresa Krause en el “Ideal de la Humanidad”, “llena y determina el contenido ético de la vida de cada nación”.
La doctrina hegeliana ponía al Estado por sobre el individuo, un claro ejemplo práctico de esto es la instauración de la enseñanza religiosa en las escuelas públicas promovida por un decreto del presidente Pedro Ramírez –el 18.411 de diciembre de 1943- y que luego se convirtió en ley en la primer presidencia de Perón –es el Estado metiéndose en el espíritu de las personas-, mientras la doctrina krausista ponía al hombre por sobre todo y al Estado a su servicio para asegurarle su Libertad. No es estatismo, es intervención del Estado para que los poderes corporativos no denigren la condición humana, sino que la enaltezcan.
El Estado liberal krausista proponía un “capitalismo moderado” lo que muchos años después dio origen, desde el pensamiento de otro alemán Von Bismarck –aunque sea en forma muy primitiva- al “Estado de Bienestar” en lo económico-social, y al “Estado de Derecho o de Garantías” en lo que al orden jurídico-político se refiere.
En su libro Grundlage des Naturrechts, publicado en 1803, Krause escribe un verdadero catálago sobre derechos humanos. Esta publicación que nuestro filosofo escribió en dos tomos, el segundo en 1805, está en coincidencia con la Declaración Universal de Derechos Humanos de 1948. Lo significativo es que Krause lo pensó un siglo y medio antes. Él defiende la igualdad de los hombres ante la ley, desestima todo tipo de exclusión y se opone a la discriminación que imponen las distintas formas de privilegio. Además reivindica el derecho a la vida y a la integridad física, el derecho a la protección de la intimidad y el respeto a la dignidad, el derecho a la propiedad privada, al trabajo y el descanso, el derecho a la libertad de conciencia, de opinión y expresión, así como el derecho a la educación, a la libre asociación y la libertad de circulación.
Es notable como Krause fue un pionero en el pensar derechos que hoy llamamos de tercera generación (derechos económicos, sociales y culturales); además de los derechos de los niños, de la mujer, de la tercera edad, de las personas con necesidades especiales, de la Naturaleza y de los animales.
Él también tuvo un “Proyecto de una Federación Europea de Estados” pergeñando a principios del siglo XIX lo que es hoy la Unión Europea.
En lo que respecta a derechos políticos él iba más allá de la idea de la formalidad contractualista de filósofos como Kant y Fichte, para Krause toda persona tiene que tener “derecho al derecho” (1), esto es una consecuencia de la esencia humana y no el resultado de una relación jurídico contractual.
Los krausistas tenían una forma de vida de máxima austeridad, se vestían con ropas oscuras y muy sobrias, en general eran hombres de honor, de palabra; hablaban poco y chocaban con las ideas utilitaristas y hedonistas que esgrimían los pensadores del “positivismo” del último tercio del siglo XIX.
La filosofía krausista es poco conocida en nuestro país, y los argentinos, en general, ignoran la importancia fundamental que este pensamiento ha tenido en la etapa fundacional de su sistema democrático. También fue importante su influencia en el derecho y la educación en la Argentina.
Si los políticos, actuales y futuros, quieren delinear las bases filosóficas de un Estado democrático como herramienta de un gobierno para la búsqueda de la Igualdad y la Libertad del pueblo, principios democráticos básicos, la lectura de Krause y sus discípulos será una tarea impostergable.
Marcelo Luis Tassara
Marzo de 2010.
Publicado por Marcelo Luis Tassara en 16:37
En un artículo publicado en La Nación -el 6 de junio del 2009- titulado “La filosofía política no es un lujo”, el filósofo Mario Bunge desarrolla, con la erudición que lo caracteriza, este tema hoy casi olvidado, por lo menos en la Argentina, por los políticos que nos representan.
Raúl R. Alfonsín fue tal vez el último de los políticos modernos, los que lo siguieron, en mi opinión, abrazaron la posmodernidad, que basó su acción política siguiendo el pensamiento filosófico histórico que fue tradición en su partido, la Unión Cívica Radical.
Todos sus discursos, en campaña política y ya en la máxima magistratura de la Nación, estuvieron teñidos del ideario krausista.
Este sistema filosófico fue adoptado por Hipólito Yrigoyen, allá a fines del siglo XIX, para nutrirse de sus ideas libertarias.
Cuando Alfonsín es invitado a disertar al Congreso de la Internacional Liberal, celebrado en Madrid, España el 3 de Octubre de 1985, donde le otorgan el premio a la Libertad, habla durante toda la conferencia sobre filosofía krausista.
Poco se habla hoy en la Argentina sobre esta verdadera “filosofía política de la Libertad”. A casi un año de la muerte de tal vez el último de sus cultores, me parece importante que la ciudadanía se entere de qué estamos hablando cuando hablamos de krausismo. Como dijo Alfonsín ese 3 de Octubre de 1985 allá en Madrid:
“Pensamos que es esta una inmejorable oportunidad para proponer algunas reflexiones sobre el método de la libertad a partir del pensamiento, de las actitudes y de las enseñanzas de otros hombres que hicieron de ese método la razón misma de su existencia”
Karl Christian Friedrich Krause nació en Eisenberg, una pequeña ciudad turingia que en aquel entonces pertenecía al Ducado de Alternburg –hoy Alemania-, un domingo 6 de mayo de 1781. Su padre, el pastor protestante Johan Friedrich Gotthard Krause, era profesor en la escuela de Eisenberg.
Este filósofo alemán, como muchos otros de esa época, fue quedando a la sombra de los grandes Kant, Fichte, Schelling y Hegel, pero la importancia de su obra filosófica no puede ser olvidada porque fue determinante en el rumbo histórico y político de la España de los siglos XIX y XX, y de América Latina, la Argentina en particular, en el mismo período.
Krause estaba dotado de conocimientos y capacidades muy diversas. Poseía una formación tan amplia que sus saberes iban desde la música a la lingüística, desde el derecho a las matemáticas, pasando por el arte y la pedagogía. Fue tanta su erudición que creo un verdadero “sistema filosófico” como se estilaba durante su época, en la cual el idealismo romántico fue un pensamiento muy difundido en lo que a filosofía se refiere.
Para el idealismo la construcción de un sistema filosófico era una verdadera necesidad, ellos no concebían a un pensador que pensara sobre los grandes temas en forma aislada de un todo. Un sistema filosófico era una verdadera estructura conceptual, cuyos componentes se interrelacionaban armoniosamente; hasta la más pequeña definición tenía que ver con un pensamiento de conceptualización superior.
Fue a través de dos krausistas belgas Ahrens y Tiberghien, cuyos textos habían sido traducidos al español, que llega esta corriente de pensamiento a América Latina. Luego el llamado krausismo español, cuyos principales exponentes son Sanz del Río, Giner de los Ríos y Azcárate, tuvo una gran influencia entre los adherentes americanos.
La revolución republicana de 1968, que viabilizó la creación de la I República española el 11 de febrero de 1873, estuvo fuertemente teñida de ideas de pensadores, intelectuales y políticos krausistas, algunos de ellos, luego de caída la República en 1874, crearon el Instituto de Libre Enseñanza en Madrid. Ese núcleo de intelectuales, años después, tuvo una marcada influencia en la creación del PSOE (Partido Socialista Obrero Español), que ya en el siglo XX llega al poder, a principios de la década del ‘80, de la mano de Felipe González.
En España en las últimas dos décadas y media se han hecho numerosos nuevos estudios sobre el krausismo.
El profesor de filosofía de la Universidad Pontificia de Comillas –Madrid, España- Enrique M. Ureña, que es además director del Instituto de Investigación sobre Liberalismo, Krausismo y Masonería de la misma universidad, es uno de los investigadores más prolíficos sobre Krause y el krausismo. Tiene una escrita una biografía sobre el filósofo titulada “Krause, el educador de la humanidad”(1991), el título de este libro es en sí mismo un enunciado muy significativo de la doctrina krausista. Este filósofo tenía la convicción que las sociedades se perfeccionan, alcanzando mejor calidad de vida, cuando avanzan en sus niveles de educación y cultura.
En su libro más conocido, “El Ideal de la Humanidad para la Vida” que finalizó de escribir en 1811, él expresa con claridad estas ideas pedagógicas. Las preocupaciones de Krause por la pedagogía fueron muy profundas tanto en lo teórico como en lo práctico; Richard Vetter en su prefacio del primer volumen donde analiza los escritos pedagógicos del filósofo tiene razón al expresar:
“La idea de que todo filósofo notable es también un pedagogo […] encuentra en Kart C. F. Krause no solamente su plena confirmación, sino que alcanza además en él su expresión más alta, ya que el filósofo se propuso como meta nada menos que lograr que la humanidad entera asimilase su sistema de la Ciencia y contribuir vigorosamente, a través de la pedagogía al perfeccionamiento de la Humanidad […] Krause no fue solamente un extraordinario teórico de la pedagogía; también como práctico tiene que decir en ella”.
Krause, según versa su diario personal, escribe estas líneas muy elocuentes:
“En el año 1808 concebí la idea de una Casa de la Educación de la Humanidad. ¿No debería tratar desde ese punto de vista toda la educación y: 1) escribir una obra: “Ideal de la Educación de la Humanidad”; después 2) erigir para ello una Casa de la Educación?”.
Este filósofo alemán era masón, de donde fue expulsado por los fuertes cuestionamientos que le hizo a la masonería de esa época, y gozaba de gran prestigio como pedagogo entre sus Hermanos de logia. Este prestigio hizo que su logia le pidiera asesoramiento para el instituto educativo que poseía la masonería y le ofreciera el cargo de Copresidente.
Muerto Krause, algunos de sus discípulos, entre los que se destacó Hermann von Leonhardi, sigue esta línea educativa y tiene encuentros con Friedrich Wilhelm Fröbel –en el primer encuentro entre Krause y Fröbel, Leonhardi había estado presente-.
Este gran pedagogo alemán, había coincidido con Krause haciendo docencia en la Universidad de Gotinga y el creador del krausismo acordaba con él en sus ideas sobre la educación alemana. De esta conjunción de ideas pedagógicas nace lo que luego se llamó el krausofröbelismo: una corriente de pensamiento pedagógico muy importante en la Alemania del siglo XIX que dio lugar años después a la creación de la Asociación general de la Educación, desde donde se trata de armonizar la auténtica formación del hombre con la formación nacional – idea que ya había esbozado Krause en su “Ideal de la Humanidad para la Vida” -.
Esta afanosa preocupación por la educación se refleja en la Argentina en forma concreta en la Reforma Universitaria de 1918, esta verdadera revolución pacífica en los claustros universitarios estaba íntimamente asociada al pensamiento krausista. Desde ahí esta idea de universidad autónoma, laica y con libertad de cátedra –los profesores iban a ser elegidos por concursos abiertos- se propaga a muchos países de América Latina llegando a México la fuerza del idealismo krausiano.
Horace Mann fue el gran impulsor de la educación en los Estados Unidos de Norteamérica en la década del 30 del siglo XIX, desde ese lugar, una educación con una fuerte impronta democrática, se llega a ser la potencia mundial que hoy es. Mann se apoya en los contenidos pedagógicos de Fröbel, es decir que la base filosófica de la educación del pueblo estadounidense tiene que ver con el krausofröbelismo.
El dos veces presidente de la República Oriental del Uruguay José Batlle y Ordóñez y el poeta y político cubano José Martí, además del APRA peruano cuyo origen está ligado a Víctor Raúl Haya de la Torre que tomó a la Reforma Universitaria del 18 como modelo estudiantil a copiar, el puertorriqueño Eugenio de Hostos y Bonilla que hizo una gran obra educativa en la República Dominicana y Francisco Madero en México, entre tantos otros latinoamericanos, tiñeron a esta geografía al sur del Río Bravo de filosofía krausiana.
La Doctrina del derecho es uno de los temas mejor tratados por Krause y sus discípulos, dado que no la expresa como una metafísica de relato oscuro o complicado como en otras partes de su sistema filosófico. Su vinculación con el Estado, según expresa Krause en el “Ideal de la Humanidad”, “llena y determina el contenido ético de la vida de cada nación”.
La doctrina hegeliana ponía al Estado por sobre el individuo, un claro ejemplo práctico de esto es la instauración de la enseñanza religiosa en las escuelas públicas promovida por un decreto del presidente Pedro Ramírez –el 18.411 de diciembre de 1943- y que luego se convirtió en ley en la primer presidencia de Perón –es el Estado metiéndose en el espíritu de las personas-, mientras la doctrina krausista ponía al hombre por sobre todo y al Estado a su servicio para asegurarle su Libertad. No es estatismo, es intervención del Estado para que los poderes corporativos no denigren la condición humana, sino que la enaltezcan.
El Estado liberal krausista proponía un “capitalismo moderado” lo que muchos años después dio origen, desde el pensamiento de otro alemán Von Bismarck –aunque sea en forma muy primitiva- al “Estado de Bienestar” en lo económico-social, y al “Estado de Derecho o de Garantías” en lo que al orden jurídico-político se refiere.
En su libro Grundlage des Naturrechts, publicado en 1803, Krause escribe un verdadero catálago sobre derechos humanos. Esta publicación que nuestro filosofo escribió en dos tomos, el segundo en 1805, está en coincidencia con la Declaración Universal de Derechos Humanos de 1948. Lo significativo es que Krause lo pensó un siglo y medio antes. Él defiende la igualdad de los hombres ante la ley, desestima todo tipo de exclusión y se opone a la discriminación que imponen las distintas formas de privilegio. Además reivindica el derecho a la vida y a la integridad física, el derecho a la protección de la intimidad y el respeto a la dignidad, el derecho a la propiedad privada, al trabajo y el descanso, el derecho a la libertad de conciencia, de opinión y expresión, así como el derecho a la educación, a la libre asociación y la libertad de circulación.
Es notable como Krause fue un pionero en el pensar derechos que hoy llamamos de tercera generación (derechos económicos, sociales y culturales); además de los derechos de los niños, de la mujer, de la tercera edad, de las personas con necesidades especiales, de la Naturaleza y de los animales.
Él también tuvo un “Proyecto de una Federación Europea de Estados” pergeñando a principios del siglo XIX lo que es hoy la Unión Europea.
En lo que respecta a derechos políticos él iba más allá de la idea de la formalidad contractualista de filósofos como Kant y Fichte, para Krause toda persona tiene que tener “derecho al derecho” (1), esto es una consecuencia de la esencia humana y no el resultado de una relación jurídico contractual.
Los krausistas tenían una forma de vida de máxima austeridad, se vestían con ropas oscuras y muy sobrias, en general eran hombres de honor, de palabra; hablaban poco y chocaban con las ideas utilitaristas y hedonistas que esgrimían los pensadores del “positivismo” del último tercio del siglo XIX.
La filosofía krausista es poco conocida en nuestro país, y los argentinos, en general, ignoran la importancia fundamental que este pensamiento ha tenido en la etapa fundacional de su sistema democrático. También fue importante su influencia en el derecho y la educación en la Argentina.
Si los políticos, actuales y futuros, quieren delinear las bases filosóficas de un Estado democrático como herramienta de un gobierno para la búsqueda de la Igualdad y la Libertad del pueblo, principios democráticos básicos, la lectura de Krause y sus discípulos será una tarea impostergable.
Marcelo Luis Tassara
Marzo de 2010.
Publicado por Marcelo Luis Tassara en 16:37
lunes, 30 de noviembre de 2009
LA UNIÓN CÍVICA RADICAL Y EL PODER DEMOCRÁTICO
LA UNIÓN CÍVICA RADICAL Y EL PODER DEMOCRÁTICO
Cuando empecé a militar en el radicalismo, hace casi tres décadas, escuché a veteranos correligionarios yrigoyenistas hablar del poder democrático. Decían que, por ejemplo, Yrigoyen y Alvear en la presidencia de la Nación y Sabattini en la gobernación de Córdoba habían ejercido este poder del que yo nunca había escuchado hablar.
Esto de ejercer el poder sobre el ciudadano, parece una acción que poco tiene que ver con la Democracia. Es difícil explicar que alguien elegido por el voto popular pueda coaccionar a otra persona en nombre de las instituciones gubernamentales democráticas.
En ningún lugar encontré una definición que me aclarara que era concretamente el poder democrático. Hipólito Yrigoyen en su libro “Mi Vida y mi doctrina” esboza algunos pensamientos que tienen que ver con esta filosofía radical del poder que nos diferencia sustancialmente del peronismo. Frases como: “No fui jefe de nadie ni de nada, porque me siento infinitamente superior a los menguados títulos de toda jefatura” o “Los que nacen con la conciencia superior de los destinos de su vida, nada los fascina ni embriaga, porque no sólo tienen el más profundo desdén por todos los poderes de la tierra, sino también por cuanto pudiera desviarlos de su propia recta orientación. Esto impone un riguroso estilo de vida y el sacrificio de todo lo que fuera personal”
Es interesante considerar que Yrigoyen escribió este libro luego de haber sido durante seis años Presidente de la Nación, es decir, no es la declaración de principios de un poeta o de un intelectual totalmente alejado del manejo del poder político y de la cosa pública. Tal vez hoy esas palabras parezcan algo ingenuas y de otros tiempos, pero esa era la postura filosófica del ex Presidente de un país que se encaminaba a ser uno de los más importantes de la tierra. Hoy se piensa distinto -¿se piensa?- y la Argentina ni siquiera tiene un liderazgo que nos destaque entre los países vecinos.
Si nos tomamos el trabajo de leer el reportaje que un matutino le hace a Michelle Bachelet el domingo 8 de noviembre de 2009, nos damos cuenta que no hace falta ir a los países centrales para ver comportamientos republicanos, éticos y estéticos, como bien dice la presidenta chilena, en el manejo del poder. No son figuras artificiales salidas de coyunturas fortuitas, y hasta lúdicas, que saltan a la fama sin contenido alguno.
Un teórico estadounidense de la Democracia, Robert Dahl, hace un par de décadas delineó el concepto de la Poliarquía. ¿Qué quiere decir Poliarquía?
Dahl dice que el poder real de una Nación, está dividido por el poder que ejercen las religiones, las corporaciones económicas, los sindicatos, las ONG, las asociaciones civiles, etc. y el poder político. Si en el reparto de esos porcentajes el poder soberano no tiene preponderancia sobre los otros poderes, no hay Democracia, o es una Democracia muy limitada. Es decir el pueblo no puede ejercer, por medio de sus representantes, su poder democrático.
Toda esta mínima explicación, esta orientada a empezar a dirimir desde qué lugar los radicales queremos ejercer el poder si en los próximos años llegamos a ocupar la Presidencia del Nación.
El poder democrático es un poder que se ejerce desde la autoridad. Para ejercer el poder desde la autoridad hay que contar con un líder que desarrolle su liderazgo apoyado en valores. Para los radicales esos valores tienen que ser valores radicales, es una obviedad no tan obvia para algunos correligionarios.
El Dr. Raúl Ricardo Alfonsín decía en las tribunas en la campaña electoral del ´83, que hay que “seguir ideas y no hombres”, porque los hombres se equivocan, se enferman –pueden hasta enloquecer- y se mueren. Las ideas son la esencia de la política, por eso hay que recrearlo claramente a Alfonsín y hurgar muy profundamente en el ideario de quién va a ser el candidato que nos va a representar en el 2011. Y Moisés Lebensohn agregaría: “Doctrina, para que nos entiendan, conducta para que nos crean”
Hace muchos años, exactamente veinte, que de candidato a la primer magistratura no llevamos a alguien que sepamos que va a representar nuestros principios con la doctrina, la convicción, la capacidad, y la fuerza necesaria.
La candidatura de Massaccesi, la podemos tomar como un accidente –vimos claramente cuál fue su destino político y, sobre todo, partidario-, la llegada de De la Rúa a la presidencia ya la he analizado en otros documentos y prefiero no recordarla –algunas perlitas al pasar sobran: Juan Llach ministro de educación, el bajarle los sueldos a los empleados públicos y jubilados….. y Cavallo-. Lo de Moreau fue sólo testimonial y lo de Lavagna es preferible olvidarlo desde cualquier lugar que se lo quiera analizar (pragmáticos abstenerse).
Es decir, Eduardo César Angeloz fue el último hombre del partido que peleó por la llegada a lo más alto del poder gubernamental, de nuestra más profunda doctrina partidaria para intentar teñir al país de cultura republicana, de intentar ejercer el poder democrático, de dar un salto cualitativo y dejar atrás, luego del fundacional gobierno de transición de Alfonsín, tantos años de gobiernos conservadores –léase peronistas o similares-.
Para que esto ocurra nuestro candidato tiene que transpirar radicalismo por sus poros a cada paso que dé. No podemos probar con hombres providenciales para que ver qué pasa, para chequear cuán radicales son una vez instalados en el gobierno. Tenemos que tener absoluta confianza sobre lo que piensan en educación, en salud, en política internacional, en seguridad, en economía, en políticas sociales, etc. Pero, por sobre todas las cosas, tenemos que asegurarnos de quiénes se va a rodear para ejercer ese poder democrático. Recientes gabinetes nacionales de gobiernos propios, dan crédito absoluto a todas estas dudas.
Estoy absolutamente convencido que todos los males que sufrimos desde 1989 hasta hoy, tiene que ver con nuestro alejamiento de las bases doctrinarias que justificaron, y fueron la causa, de nuestra existencia. No se puede reivindicar a Juárez Celman y decirse radical. Sé que para muchos correligionarios esto es una banalidad, pero estamos cansados de los banales y, por sobre todas las cosas, a los lugares donde nos condujeron con sus vulgaridades y tilingadas.
Todo este análisis tiene que ver con algo que considero esencial para nuestra existencia, el pueblo no soportaría otra traición a los principios que necesariamente tenemos la obligación de exhibir, llegado el radicalismo, y sus aliados, a la presidencia de la Nación.
Los pragmáticos dirigentes, de la altísima política, que manejaron a nuestro partido en los últimos tres lustros –por supuesto con algunas excepciones que no hace falta mencionar-, dejaron de lado todo lo que tuviera que ver con nuestra doctrina. Importaron ideas que nada aportaron, manejaron elecciones internas, manipularon convenciones y plenarios, pusieron candidatos sin ninguna consulta al afiliado, resguardaron cargos políticos, para unos pocos amigos por supuesto, en gobiernos que poco tuvieron que ver con el radicalismo, hicieron alianzas y demás yerbas para llegar al poder caiga quien caiga, negociaron candidatos en listas de cualquier color, etc., etc., etc.
El resultado de tanto pragmatismo es: en tres de los más importantes distritos del país, la Ciudad Autónoma de Bs. As., la Prov. de Bs. As. y la Prov. de Santa Fé, si hoy vamos a una elección con nuestra histórica Lista 3 el resultado electoral es paupérrimo. Esa es la consecuencia de las genialidades pergeñadas por nuestros conspicuos pragmáticos proyectadas a la política real. Hay unos poquitos personajes partidarios -¿partidarios?- que se favorecieron con este caos de identidades, conciencias e ingenierías, pero mientras ellos subieron, en lo personal por supuesto, la Unión Cívica Radical se derrumbó, SE DEMOLIÓ.
Para apagar un incendio hace falta bomberos con experiencia y vocación de apagarlo, buscar a un experto en el uso de lanzallamas sólo favorece a los que quieren más fuego, con él nunca apagaremos el incendio.
Si queremos reconstruir a la Unión Cívica Radical hay que buscar obreros que la reconstruyan. Que tengan la pasión, la sabiduría y la vocación de hacerlo. Lo que no podemos hacer es intentarlo con especialistas en demoliciones.
Al líder de la empresa de la reconstrucción hay que elegirlo, como también decía Raúl Alfonsín, “no cabalgando sobre encuestas”. Lo importante es que sea un obrero de la construcción. ¡¡¡OJO!!! con los especialistas en DEMOLICIONES, hace muchos años que los sufrimos y nos han hecho mucho daño.
Tal vez nuestra querida UCR no resista otra demolición.
Marcelo Luis Tassara militante radical de la Sección 20º capitalina.
Cuando empecé a militar en el radicalismo, hace casi tres décadas, escuché a veteranos correligionarios yrigoyenistas hablar del poder democrático. Decían que, por ejemplo, Yrigoyen y Alvear en la presidencia de la Nación y Sabattini en la gobernación de Córdoba habían ejercido este poder del que yo nunca había escuchado hablar.
Esto de ejercer el poder sobre el ciudadano, parece una acción que poco tiene que ver con la Democracia. Es difícil explicar que alguien elegido por el voto popular pueda coaccionar a otra persona en nombre de las instituciones gubernamentales democráticas.
En ningún lugar encontré una definición que me aclarara que era concretamente el poder democrático. Hipólito Yrigoyen en su libro “Mi Vida y mi doctrina” esboza algunos pensamientos que tienen que ver con esta filosofía radical del poder que nos diferencia sustancialmente del peronismo. Frases como: “No fui jefe de nadie ni de nada, porque me siento infinitamente superior a los menguados títulos de toda jefatura” o “Los que nacen con la conciencia superior de los destinos de su vida, nada los fascina ni embriaga, porque no sólo tienen el más profundo desdén por todos los poderes de la tierra, sino también por cuanto pudiera desviarlos de su propia recta orientación. Esto impone un riguroso estilo de vida y el sacrificio de todo lo que fuera personal”
Es interesante considerar que Yrigoyen escribió este libro luego de haber sido durante seis años Presidente de la Nación, es decir, no es la declaración de principios de un poeta o de un intelectual totalmente alejado del manejo del poder político y de la cosa pública. Tal vez hoy esas palabras parezcan algo ingenuas y de otros tiempos, pero esa era la postura filosófica del ex Presidente de un país que se encaminaba a ser uno de los más importantes de la tierra. Hoy se piensa distinto -¿se piensa?- y la Argentina ni siquiera tiene un liderazgo que nos destaque entre los países vecinos.
Si nos tomamos el trabajo de leer el reportaje que un matutino le hace a Michelle Bachelet el domingo 8 de noviembre de 2009, nos damos cuenta que no hace falta ir a los países centrales para ver comportamientos republicanos, éticos y estéticos, como bien dice la presidenta chilena, en el manejo del poder. No son figuras artificiales salidas de coyunturas fortuitas, y hasta lúdicas, que saltan a la fama sin contenido alguno.
Un teórico estadounidense de la Democracia, Robert Dahl, hace un par de décadas delineó el concepto de la Poliarquía. ¿Qué quiere decir Poliarquía?
Dahl dice que el poder real de una Nación, está dividido por el poder que ejercen las religiones, las corporaciones económicas, los sindicatos, las ONG, las asociaciones civiles, etc. y el poder político. Si en el reparto de esos porcentajes el poder soberano no tiene preponderancia sobre los otros poderes, no hay Democracia, o es una Democracia muy limitada. Es decir el pueblo no puede ejercer, por medio de sus representantes, su poder democrático.
Toda esta mínima explicación, esta orientada a empezar a dirimir desde qué lugar los radicales queremos ejercer el poder si en los próximos años llegamos a ocupar la Presidencia del Nación.
El poder democrático es un poder que se ejerce desde la autoridad. Para ejercer el poder desde la autoridad hay que contar con un líder que desarrolle su liderazgo apoyado en valores. Para los radicales esos valores tienen que ser valores radicales, es una obviedad no tan obvia para algunos correligionarios.
El Dr. Raúl Ricardo Alfonsín decía en las tribunas en la campaña electoral del ´83, que hay que “seguir ideas y no hombres”, porque los hombres se equivocan, se enferman –pueden hasta enloquecer- y se mueren. Las ideas son la esencia de la política, por eso hay que recrearlo claramente a Alfonsín y hurgar muy profundamente en el ideario de quién va a ser el candidato que nos va a representar en el 2011. Y Moisés Lebensohn agregaría: “Doctrina, para que nos entiendan, conducta para que nos crean”
Hace muchos años, exactamente veinte, que de candidato a la primer magistratura no llevamos a alguien que sepamos que va a representar nuestros principios con la doctrina, la convicción, la capacidad, y la fuerza necesaria.
La candidatura de Massaccesi, la podemos tomar como un accidente –vimos claramente cuál fue su destino político y, sobre todo, partidario-, la llegada de De la Rúa a la presidencia ya la he analizado en otros documentos y prefiero no recordarla –algunas perlitas al pasar sobran: Juan Llach ministro de educación, el bajarle los sueldos a los empleados públicos y jubilados….. y Cavallo-. Lo de Moreau fue sólo testimonial y lo de Lavagna es preferible olvidarlo desde cualquier lugar que se lo quiera analizar (pragmáticos abstenerse).
Es decir, Eduardo César Angeloz fue el último hombre del partido que peleó por la llegada a lo más alto del poder gubernamental, de nuestra más profunda doctrina partidaria para intentar teñir al país de cultura republicana, de intentar ejercer el poder democrático, de dar un salto cualitativo y dejar atrás, luego del fundacional gobierno de transición de Alfonsín, tantos años de gobiernos conservadores –léase peronistas o similares-.
Para que esto ocurra nuestro candidato tiene que transpirar radicalismo por sus poros a cada paso que dé. No podemos probar con hombres providenciales para que ver qué pasa, para chequear cuán radicales son una vez instalados en el gobierno. Tenemos que tener absoluta confianza sobre lo que piensan en educación, en salud, en política internacional, en seguridad, en economía, en políticas sociales, etc. Pero, por sobre todas las cosas, tenemos que asegurarnos de quiénes se va a rodear para ejercer ese poder democrático. Recientes gabinetes nacionales de gobiernos propios, dan crédito absoluto a todas estas dudas.
Estoy absolutamente convencido que todos los males que sufrimos desde 1989 hasta hoy, tiene que ver con nuestro alejamiento de las bases doctrinarias que justificaron, y fueron la causa, de nuestra existencia. No se puede reivindicar a Juárez Celman y decirse radical. Sé que para muchos correligionarios esto es una banalidad, pero estamos cansados de los banales y, por sobre todas las cosas, a los lugares donde nos condujeron con sus vulgaridades y tilingadas.
Todo este análisis tiene que ver con algo que considero esencial para nuestra existencia, el pueblo no soportaría otra traición a los principios que necesariamente tenemos la obligación de exhibir, llegado el radicalismo, y sus aliados, a la presidencia de la Nación.
Los pragmáticos dirigentes, de la altísima política, que manejaron a nuestro partido en los últimos tres lustros –por supuesto con algunas excepciones que no hace falta mencionar-, dejaron de lado todo lo que tuviera que ver con nuestra doctrina. Importaron ideas que nada aportaron, manejaron elecciones internas, manipularon convenciones y plenarios, pusieron candidatos sin ninguna consulta al afiliado, resguardaron cargos políticos, para unos pocos amigos por supuesto, en gobiernos que poco tuvieron que ver con el radicalismo, hicieron alianzas y demás yerbas para llegar al poder caiga quien caiga, negociaron candidatos en listas de cualquier color, etc., etc., etc.
El resultado de tanto pragmatismo es: en tres de los más importantes distritos del país, la Ciudad Autónoma de Bs. As., la Prov. de Bs. As. y la Prov. de Santa Fé, si hoy vamos a una elección con nuestra histórica Lista 3 el resultado electoral es paupérrimo. Esa es la consecuencia de las genialidades pergeñadas por nuestros conspicuos pragmáticos proyectadas a la política real. Hay unos poquitos personajes partidarios -¿partidarios?- que se favorecieron con este caos de identidades, conciencias e ingenierías, pero mientras ellos subieron, en lo personal por supuesto, la Unión Cívica Radical se derrumbó, SE DEMOLIÓ.
Para apagar un incendio hace falta bomberos con experiencia y vocación de apagarlo, buscar a un experto en el uso de lanzallamas sólo favorece a los que quieren más fuego, con él nunca apagaremos el incendio.
Si queremos reconstruir a la Unión Cívica Radical hay que buscar obreros que la reconstruyan. Que tengan la pasión, la sabiduría y la vocación de hacerlo. Lo que no podemos hacer es intentarlo con especialistas en demoliciones.
Al líder de la empresa de la reconstrucción hay que elegirlo, como también decía Raúl Alfonsín, “no cabalgando sobre encuestas”. Lo importante es que sea un obrero de la construcción. ¡¡¡OJO!!! con los especialistas en DEMOLICIONES, hace muchos años que los sufrimos y nos han hecho mucho daño.
Tal vez nuestra querida UCR no resista otra demolición.
Marcelo Luis Tassara militante radical de la Sección 20º capitalina.
miércoles, 23 de septiembre de 2009
HONORIO PUEYRREDÓN: UN POLÍTICO CON ESPÍRITU
HONORIO PUEYRREDÓN: UN POLÍTICO CON ESPÍRITU
Don Honorio era nieto de Don Juan Martín de Pueyrredón, que a la edad de veinticinco años había emigrado al Río de la Plata desde un pequeño pueblito llamado Issor, cercano a los montes Pirineos, en la lejana Francia.
Juan Martín había sido un actor activo en las luchas por la Independencia, designio que marcó el destino de su nieto, en las más cercanas luchas por la Democracia y la Igualdad.
Honorio iba al colegio secundario cuando la Revolución del Parque conmueve al país como epopeya popular en la lucha por el voto secreto, obligatorio y universal.
Con la llegada de Hipólito Yrigoyen al gobierno, una de las preocupaciones del estadista era el nuevo rumbo que le quería imprimir a la política agropecuaria del mismo. Ese fue el lugar en donde lo necesitó a Don Honorio.
Había que defender al hombre de campo, al verdadero productor, contra la explotación de los monopolios, liberarlo del latifundio y hacer valer sus derechos. Ya no se usaría el cargo de ministro de agricultura para enriquecerse con vastas extensiones fiscales, ni se iba a despojar al campesino de su trabajo pagándole precios viles por su producción, ni tampoco ocuparían el cargo los abogados de los trust internacionales como había ocurrido cuando “El Régimen” gobernaba.
Además Don Honorio, fue luego el gran canciller del primer Presidente democrático que tuvimos los argentinos.
Pero en otra entrega voy a referirme a Pueyrredón en su gestión de gobierno, en su radicalismo expresado en actos gubernamentales.
En este primer escrito quiero rescatar el espíritu profundo de la acción y la ideología de Don Honorio. En esta época de vacas flacas espirituales, donde la política se convirtió sólo en un “toma y daca”. Donde la mediocridad más profunda en el pensamiento, en la hombría de bien de los políticos y, por consiguiente, en los ejemplos que se dan a la sociedad, se cierne sobre el pueblo, una figura como Pueyrredón puede dar luz ante tanta oscuridad.
Para empezar me parece muy enriquecedor bucear en el pensamiento de Pueyrredón. Qué pensaba él sobre su partido, la UCR, me parece importante conocerlo:
“La Unión Cívica Radical es una fuerza espiritual; un estado de conciencia; radica en el alma del pueblo; el Radicalismo es hoy como lo fuera otrora una esperanza de redención social. Si llegáramos a defraudarle, si por falta de comprensión de sus hombres dirigentes no marcáramos en la acción futura de gobierno, rumbos y procedimientos nuevos que lleven la gran premisa de asegurar la mayor felicidad al mayor número; sino hemos de empeñarnos y crear un estado medio entre la riqueza y la miseria, de modo que el pobre tenga asegurado un mínimo de bienestar, con pan, escuela y trabajo, y el que lo ha conquistado viva libre del miedo a perderlo; si no hemos de hacer lo bastante, para no contemplar el espectáculo de ver levantarse a diario nuevas ciudades, en las que mientras el obrero con sus manos construye palacios, no asegura para su cabeza un solo techo, si no hemos de reivindicar el ideal de civilización moderna, de que el obrero sea el elemento esencial y el asociado de la industria; de que el hombre está primero que la máquina y primero que el producto, y que para una Nación fuerte hacer dinero es menos importante que formar hombres; si no hemos de hacer eso, días nebulosos podrán venir para la paz social de la República"
Que claridad conceptual, que breve resumen de la misión histórica de nuestro partido y, porque no decirlo, cuanto nos alejamos de estos mandatos fundamentales.
Que lejos quedamos de ser una fuerza espiritual, tristemente….. lejísimo. Que poco nos queda del alma del Pueblo, de la esperanza de ser una herramienta de redención social. ¡En cuanto privilegiamos lo material y nos olvidamos de formar hombres! Como, lamentablemente contribuimos, desde la acción o desde la renuncia o la abstención, a crear días nebulosos para la paz social de la República.
Aquellos hombres tenían la autoridad de su conducta, tenían poder democrático, poder del que carecen la mayoría de los dirigentes políticos argentinos. Algunas historias personales de Don Honorio lo legitiman, lo enaltecen.
Corría el año 1933, más precisamente el 27 de diciembre en la ciudad de Santa Fé sesiona la Honorable Convención Nacional, Pueyrredón la preside. La Honorable Convención –que realmente era HONORABLE- declara la abstención intransigente, activa y revolucionaria. Dos días después, el 29 de diciembre, estalla un movimiento revolucionario en las provincias de Córdoba, Entre Ríos, Buenos Aires y Corrientes, que es derrotado por las fuerzas militares del gobierno de facto.
Los máximos dirigentes del partido son encarcelados en el buque Artigas y son llevados desde la ciudad de Santa Fé a la isla Martín García. El dictador Justo les da como opción: salir del país o ir todos presos a el penal de Ushuaia.
Alvear, empujado por la decisión de sus correligionarios que lo acompañan en prisión, decide irse a París para luchar desde esa capital estratégica, por la Libertad ausente en la República. Lo invita a Don Honorio a que lo acompañe, éste se niega y consulta a su mujer Julieta Meyans cual era su opinión; ella contesta: “Te acompañaré a los fríos del Sur. Me embarco el 16”. No va sola, un par de mujeres radicales con sus maridos presos la acompañan.
Una mañana Doña Julieta, que vivía en una casilla de chapa alquilada a un vecino fueguino, estaba sacando la nieve que había caído sobre la ropa colgada en la soga para secarse. Una vecina del lugar la reconoce y le dice que como podía ser que ella que era la mujer de un ex canciller, que había vivido en París, pudiera estar haciendo esas tareas menores en un lugar tan inhóspito; que la dejara a ella. Julieta la mira fijo y le contesta: “Si aquello no agrandaba, esto no achica” y sigue con su tarea doméstica.
El destierro hizo legítimos ante su pueblo a estos dirigentes, no le esquivaron a la intemperie, a la cárcel, a las incomodidades, a la lucha en las condiciones que fueran. Pero no sólo ellos le pusieron el pecho si no también sus mujeres. ¿Nos imaginamos alguno de nosotros, estar presos en Ushuaia en esos años por enfrentar al gobierno de turno? ¿Y a nuestras mujeres? ¡Mejor ni imaginarlo! ¿no? Por eso la UCR está como está, porque sólo peleamos por nuestra comodidad, porque ante el más mínimo escollo buscamos un ala en donde podamos cobijarnos, ver la forma más conveniente de zafar. Se puede llamar Ibarra, Telerman, Lavagna, Macri o cualquiera. Lo importante es ser lo más indignos posibles.
Termino, al respecto, con una frase de Don Honorio Pueyrredón, el mismo, el que tenía legitimidad porque se la había ganado centímetro a centímetro con su sacrificio y vocación de servicio, el que luego de vivir en París sufrió la cárcel más dura, pudiendo haber elegido volver a la Ciudad Luz:
“No hay dignidad que no se base en el dolor”
Don Honorio era nieto de Don Juan Martín de Pueyrredón, que a la edad de veinticinco años había emigrado al Río de la Plata desde un pequeño pueblito llamado Issor, cercano a los montes Pirineos, en la lejana Francia.
Juan Martín había sido un actor activo en las luchas por la Independencia, designio que marcó el destino de su nieto, en las más cercanas luchas por la Democracia y la Igualdad.
Honorio iba al colegio secundario cuando la Revolución del Parque conmueve al país como epopeya popular en la lucha por el voto secreto, obligatorio y universal.
Con la llegada de Hipólito Yrigoyen al gobierno, una de las preocupaciones del estadista era el nuevo rumbo que le quería imprimir a la política agropecuaria del mismo. Ese fue el lugar en donde lo necesitó a Don Honorio.
Había que defender al hombre de campo, al verdadero productor, contra la explotación de los monopolios, liberarlo del latifundio y hacer valer sus derechos. Ya no se usaría el cargo de ministro de agricultura para enriquecerse con vastas extensiones fiscales, ni se iba a despojar al campesino de su trabajo pagándole precios viles por su producción, ni tampoco ocuparían el cargo los abogados de los trust internacionales como había ocurrido cuando “El Régimen” gobernaba.
Además Don Honorio, fue luego el gran canciller del primer Presidente democrático que tuvimos los argentinos.
Pero en otra entrega voy a referirme a Pueyrredón en su gestión de gobierno, en su radicalismo expresado en actos gubernamentales.
En este primer escrito quiero rescatar el espíritu profundo de la acción y la ideología de Don Honorio. En esta época de vacas flacas espirituales, donde la política se convirtió sólo en un “toma y daca”. Donde la mediocridad más profunda en el pensamiento, en la hombría de bien de los políticos y, por consiguiente, en los ejemplos que se dan a la sociedad, se cierne sobre el pueblo, una figura como Pueyrredón puede dar luz ante tanta oscuridad.
Para empezar me parece muy enriquecedor bucear en el pensamiento de Pueyrredón. Qué pensaba él sobre su partido, la UCR, me parece importante conocerlo:
“La Unión Cívica Radical es una fuerza espiritual; un estado de conciencia; radica en el alma del pueblo; el Radicalismo es hoy como lo fuera otrora una esperanza de redención social. Si llegáramos a defraudarle, si por falta de comprensión de sus hombres dirigentes no marcáramos en la acción futura de gobierno, rumbos y procedimientos nuevos que lleven la gran premisa de asegurar la mayor felicidad al mayor número; sino hemos de empeñarnos y crear un estado medio entre la riqueza y la miseria, de modo que el pobre tenga asegurado un mínimo de bienestar, con pan, escuela y trabajo, y el que lo ha conquistado viva libre del miedo a perderlo; si no hemos de hacer lo bastante, para no contemplar el espectáculo de ver levantarse a diario nuevas ciudades, en las que mientras el obrero con sus manos construye palacios, no asegura para su cabeza un solo techo, si no hemos de reivindicar el ideal de civilización moderna, de que el obrero sea el elemento esencial y el asociado de la industria; de que el hombre está primero que la máquina y primero que el producto, y que para una Nación fuerte hacer dinero es menos importante que formar hombres; si no hemos de hacer eso, días nebulosos podrán venir para la paz social de la República"
Que claridad conceptual, que breve resumen de la misión histórica de nuestro partido y, porque no decirlo, cuanto nos alejamos de estos mandatos fundamentales.
Que lejos quedamos de ser una fuerza espiritual, tristemente….. lejísimo. Que poco nos queda del alma del Pueblo, de la esperanza de ser una herramienta de redención social. ¡En cuanto privilegiamos lo material y nos olvidamos de formar hombres! Como, lamentablemente contribuimos, desde la acción o desde la renuncia o la abstención, a crear días nebulosos para la paz social de la República.
Aquellos hombres tenían la autoridad de su conducta, tenían poder democrático, poder del que carecen la mayoría de los dirigentes políticos argentinos. Algunas historias personales de Don Honorio lo legitiman, lo enaltecen.
Corría el año 1933, más precisamente el 27 de diciembre en la ciudad de Santa Fé sesiona la Honorable Convención Nacional, Pueyrredón la preside. La Honorable Convención –que realmente era HONORABLE- declara la abstención intransigente, activa y revolucionaria. Dos días después, el 29 de diciembre, estalla un movimiento revolucionario en las provincias de Córdoba, Entre Ríos, Buenos Aires y Corrientes, que es derrotado por las fuerzas militares del gobierno de facto.
Los máximos dirigentes del partido son encarcelados en el buque Artigas y son llevados desde la ciudad de Santa Fé a la isla Martín García. El dictador Justo les da como opción: salir del país o ir todos presos a el penal de Ushuaia.
Alvear, empujado por la decisión de sus correligionarios que lo acompañan en prisión, decide irse a París para luchar desde esa capital estratégica, por la Libertad ausente en la República. Lo invita a Don Honorio a que lo acompañe, éste se niega y consulta a su mujer Julieta Meyans cual era su opinión; ella contesta: “Te acompañaré a los fríos del Sur. Me embarco el 16”. No va sola, un par de mujeres radicales con sus maridos presos la acompañan.
Una mañana Doña Julieta, que vivía en una casilla de chapa alquilada a un vecino fueguino, estaba sacando la nieve que había caído sobre la ropa colgada en la soga para secarse. Una vecina del lugar la reconoce y le dice que como podía ser que ella que era la mujer de un ex canciller, que había vivido en París, pudiera estar haciendo esas tareas menores en un lugar tan inhóspito; que la dejara a ella. Julieta la mira fijo y le contesta: “Si aquello no agrandaba, esto no achica” y sigue con su tarea doméstica.
El destierro hizo legítimos ante su pueblo a estos dirigentes, no le esquivaron a la intemperie, a la cárcel, a las incomodidades, a la lucha en las condiciones que fueran. Pero no sólo ellos le pusieron el pecho si no también sus mujeres. ¿Nos imaginamos alguno de nosotros, estar presos en Ushuaia en esos años por enfrentar al gobierno de turno? ¿Y a nuestras mujeres? ¡Mejor ni imaginarlo! ¿no? Por eso la UCR está como está, porque sólo peleamos por nuestra comodidad, porque ante el más mínimo escollo buscamos un ala en donde podamos cobijarnos, ver la forma más conveniente de zafar. Se puede llamar Ibarra, Telerman, Lavagna, Macri o cualquiera. Lo importante es ser lo más indignos posibles.
Termino, al respecto, con una frase de Don Honorio Pueyrredón, el mismo, el que tenía legitimidad porque se la había ganado centímetro a centímetro con su sacrificio y vocación de servicio, el que luego de vivir en París sufrió la cárcel más dura, pudiendo haber elegido volver a la Ciudad Luz:
“No hay dignidad que no se base en el dolor”
sábado, 4 de julio de 2009
LA FILOSOFÍA POLÍTICA NO ES UN LUJO
LA FILOSOFÍA POLÍTICA NO ES UN LUJO
MARIO BUNGE
¿Qué es la filosofía política? Es la rama de la filosofía que sopesa los méritos y defectos de los distintos órdenes políticos, tales como el liberal, el democrático, el socialdemocrático y el fascista. El filósofo político nos dice qué regímenes favorecen los intereses de las mayorías y cuáles los de las minorías; qué gobiernos protegen los derechos y cuáles los restringen; qué tipos de Estado promueven el progreso y cuáles lo obstaculizan.
Además, y por esto hace filosofía antes que ideología, el filósofo político procura dar argumentos racionales, en lugar de ¡vivas! y ¡muertes!, en favor o en contra de los distintos órdenes sociales. Por ejemplo, nos dirá que la libertad incontrolada del individuo es tan enemiga de la democracia como la opresión, porque supone que no hay valores sociales y que todo está en venta. O nos dirá que la libertad y la democracia vienen de abajo, no de arriba, ya que el privilegio es enemigo de la libertad y de la igualdad.
¿Para qué sirve la filosofía política? Unas veces para bien, otras para mal y otras más para nada. Veamos algunos ejemplos. El liberalismo político nació en el cerebro de John Locke, el gran filósofo del siglo XVI. Según Karl Popper, el fascismo fue concebido por Hegel, mientras que Isaiah Berlin lo hace nacer en el cerebro de Joseph de Maistre. El filósofo y economista John Stuart Mill defendió el socialismo democrático, en tanto que su homólogo Karl Marx abogó por el socialismo dictatorial. Nietzsche, Gentile y Heidegger fueron fascistas, mientras que Engels y Antonio Labriola abogaron por el socialismo marxista. Benedetto Croce fue liberal, pero no democrático, mientras que Norberto Bobbio osciló entre el liberalismo y el socialismo. Carl Schmitt y Leo Strauss se inspiraron en Platón, Nietzsche y Heidegger, y el primero fue militante nazi, mientras que el segundo fue profesor de algunos de los asesores más siniestros del presidente George W. Bush.
Por el contrario, John Rawls combinó el liberalismo político con el socialismo estatal, mientras que Ronald Dworkin hace filosofía liberal limitada al ámbito jurídico. Pero es verdad que la mayoría de los filósofos políticos han sido inanes, por haberse limitado a comentar ideas políticas de otros.
Los filósofos políticos contemporáneos creen poder desligar las ideas políticas de una concepción del mundo. Sin embargo, toda concepción de la política presupone una concepción del mundo. Por ejemplo, si todo dependiera primordialmente de las ideas y nada de los intereses materiales, la acción política se reduciría a hablar y escribir. Si estamos sometidos a la voluntad de Dios, la oración será más eficaz que la acción. Si la naturaleza humana es invariable, las reformas sociales serán inútiles. Pero si, en cambio, somos cambiantes, no debemos diseñar sociedades rígidas, por perfectas que nos parezcan ahora.
Sólo unos pocos filósofos, en particular Platón, Aristóteles, Locke, Hegel y Marx, ubicaron sus ideas políticas en amplios sistemas filosóficos. Pero algunos de esos sistemas fueron incoherentes. Por ejemplo, Marx no advirtió que el igualitarismo es incompatible con la dictadura del proletariado; casi todos los filósofos políticos fueron indiferentes a la dependencia de la mujer, y a ninguno de los héroes del liberalismo le interesó la suerte del Tercer Mundo.
A mi juicio, lo más importante no es la obra de tal o cual filósofo político, sino el hecho de que la plataforma de cualquier movimiento político es una declaración de principios filosóficos. Este partido proclamará la prioridad de la libertad, aquél el de la igualdad; este otro sostendrá el primado de la democracia, y aquél el de la justicia social; uno será laico y otro religioso; éste da prioridad a la eliminación de la pobreza, aquél a la libertad de empresa. Recordemos un par de ejemplos de actualidad.
Cuando se anunció la crisis económica actual, el superbanquero norteamericano Alan Greenspan se declaró sorprendido porque la filosofía política que había aprendido de su mentora, la novelista y filósofa pop Ayn Rand, afirmaba que el capitalismo es el orden social natural, ya que responde al egoísmo propio de la naturaleza humana. (Obviamente, nunca trabajó en una asociaciación voluntaria.) A comienzos de 2009, Greenspan tuvo la honestidad de admitir que se había equivocado; pero persitió en su creencia de que la situación actual se repetirá indefinidamente debido a las incorregibles fallas humanas.
En otras palabras, recurrió al mismo argumento de los estalinistas: el sistema es perfecto, pero los encargados de mantenerlo son imperfectos, de modo que, cuando fallan, merecen ser destruidos. ¿Cómo sabemos que el sistema actual es perfecto? Porque lo afirmó una profetisa. Y ¿cómo sabemos que todos los seres humanos son egoístas? Porque lo aseguró otro profeta.
Poco después de anunciarse la crisis actual, los presidentes Bush y Sarkozy y los primeros ministros Brown y Merkel anunciaron el fin del laissez-faire y el comienzo de una política de salvataje. Esta consiste en sacarles dinero a los pobres contribuyentes para dárselo a las grandes corporaciones en peligro de bancarrota. La derecha de la derecha norteamericana puso el grito en el cielo: declaró que el llamado "paquete de estímulo" votado por el Parlamento era socialismo.
Esta protesta puso en evidencia que esos ultraderechistas no conocen el abecé de la filosofía política. En efecto: el socialismo propone la socialización de la esfera pública, mientras que las medidas de emergencia adoptadas por casi todos los gobiernos consisten en salvar el sistema a costillas del pueblo, en socializar las pérdidas y privatizar las ganancias, como hubiera dicho Garrett Hardin. Es verdad que la nacionalización de algunos bancos, que se efectuó en Gran Bretaña y se amenazó en los Estados Unidos huele a socialismo, pero solamente a las narices que no distinguen el socialismo del estatismo, ni, por lo tanto, el socialismo del estalinismo.
La filosofía política estudia las ideologías sociales, pero no se limita a ellas. También estudia el sistema político como componente de la sociedad. En particular, estudia los intereses privados y los sentimientos morales que mantienen o alteran un orden político dado, así como los derechos y deberes del ciudadano en los distintos sistemas políticos. Pone particular interés en la justicia como equilibro entre derechos y cargas sociales, e investiga la cuestión de si la justicia social es una meta alcanzable o un espejismo.
Una filosofía política amplia reconocerá que la política no se limita a la lucha por el poder, sino que incluye la gobernanza y los problemas técnicos y políticos que ésta plantea. En particular, el filósofo político a tono con su tiempo indaga la posibilidad de la gobernanza científica, o sea, planeada y ejecutada a la luz de las ciencias sociales antes que de la oportunidad política del momento.
En particular, el filósofo político debe reconocer que la protección del medio ambiente requiere medidas que limiten la propiedad privada y, por lo tanto, susciten la resistencia de quienes la poseen. Y debe saber que la Revolución Verde y, en general, el uso de organismos modificados genéticamente, aumenta tanto el rendimiento de las cosechas como las diferencias entre las empresas agrícolas y los campesinos pobres. O sea: el filósofo político tendrá que examinar los efectos de todo tipo que causen los insumos científicos y tecnológicos al Estado.
Si el filósofo político es favorable a la mejora de la calidad de vida, deberá empezar por averiguar cómo se la mide. Si un economista le dice que la mejor tabla de medida es el Producto Bruto Interno, un socioeconomista le informará que la riqueza total no basta, que también hay que saber cómo se distribuye, ya que hay naciones, tales como Arabia Saudita, que tienen un enorme PBI, pero donde la mayoría vive mal, y hay otras, como Costa Rica, donde son pobres, pero donde la gente vive mucho mejor y más.
Por este motivo, las Naciones Unidas propusieron medir la calidad de vida por el índice de desarrollo humano, que promedia tres variables: salud, ingreso per cápita y educación.
Pero aquí faltan dos variables: desigualdad de ingresos y sostenibilidad ecosocial. La sostenibilidad importa si se admite que somos responsables de nuestra descendencia. Y la desigualdad también importa porque, cuando es pronunciada, es causa de conflictos sociales y daña la salud aún más que la pobreza absoluta. Por este motivo, es preciso ampliar el índice de la ONU agregándole indicadores de desigualdad y de sostenibilidad.
A este índice ampliado me refiero en el libro Filosofía política (Gedisa, 2009), donde examino también la posibilidad de ampliar la democracia del terreno político a los demás terrenos pertinentes: la administración de la riqueza, el entorno natural y la cultura. Vuelvo a sugerir, como hace dos décadas -en el octavo tomo de Tratado de filosofía - una alternativa tanto al capitalismo en crisis como al socialismo dictatorial. Esa alternativa es la democracia integral: igualdad de acceso a las riquezas naturales, igualdad de sexos y razas, igualdad de oportunidades económicas y culturales y participación popular en la gerencia de los bienes comunes.
En definitiva: la filosofía política no es un lujo, sino una necesidad, ya que se la necesita para entender la actualidad política y, sobre todo, para pensar un futuro mejor. Pero para que preste semejante servicio la filosofía política deberá formar parte de un sistema coherente al que también pertenezcan una teoría realista del conocimiento, una ética humanista y una visión del mundo acorde con la ciencia y la técnica contemporáneas.
La sociedad moderna es demasiado complicada y frágil para que siga en manos de políticos ignorantes de las ciencias sociales y secuaces de filosofías políticas apolilladas.
El autor es profesor de Filosofía en la Universidad McGill, Montreal.
MARIO BUNGE
¿Qué es la filosofía política? Es la rama de la filosofía que sopesa los méritos y defectos de los distintos órdenes políticos, tales como el liberal, el democrático, el socialdemocrático y el fascista. El filósofo político nos dice qué regímenes favorecen los intereses de las mayorías y cuáles los de las minorías; qué gobiernos protegen los derechos y cuáles los restringen; qué tipos de Estado promueven el progreso y cuáles lo obstaculizan.
Además, y por esto hace filosofía antes que ideología, el filósofo político procura dar argumentos racionales, en lugar de ¡vivas! y ¡muertes!, en favor o en contra de los distintos órdenes sociales. Por ejemplo, nos dirá que la libertad incontrolada del individuo es tan enemiga de la democracia como la opresión, porque supone que no hay valores sociales y que todo está en venta. O nos dirá que la libertad y la democracia vienen de abajo, no de arriba, ya que el privilegio es enemigo de la libertad y de la igualdad.
¿Para qué sirve la filosofía política? Unas veces para bien, otras para mal y otras más para nada. Veamos algunos ejemplos. El liberalismo político nació en el cerebro de John Locke, el gran filósofo del siglo XVI. Según Karl Popper, el fascismo fue concebido por Hegel, mientras que Isaiah Berlin lo hace nacer en el cerebro de Joseph de Maistre. El filósofo y economista John Stuart Mill defendió el socialismo democrático, en tanto que su homólogo Karl Marx abogó por el socialismo dictatorial. Nietzsche, Gentile y Heidegger fueron fascistas, mientras que Engels y Antonio Labriola abogaron por el socialismo marxista. Benedetto Croce fue liberal, pero no democrático, mientras que Norberto Bobbio osciló entre el liberalismo y el socialismo. Carl Schmitt y Leo Strauss se inspiraron en Platón, Nietzsche y Heidegger, y el primero fue militante nazi, mientras que el segundo fue profesor de algunos de los asesores más siniestros del presidente George W. Bush.
Por el contrario, John Rawls combinó el liberalismo político con el socialismo estatal, mientras que Ronald Dworkin hace filosofía liberal limitada al ámbito jurídico. Pero es verdad que la mayoría de los filósofos políticos han sido inanes, por haberse limitado a comentar ideas políticas de otros.
Los filósofos políticos contemporáneos creen poder desligar las ideas políticas de una concepción del mundo. Sin embargo, toda concepción de la política presupone una concepción del mundo. Por ejemplo, si todo dependiera primordialmente de las ideas y nada de los intereses materiales, la acción política se reduciría a hablar y escribir. Si estamos sometidos a la voluntad de Dios, la oración será más eficaz que la acción. Si la naturaleza humana es invariable, las reformas sociales serán inútiles. Pero si, en cambio, somos cambiantes, no debemos diseñar sociedades rígidas, por perfectas que nos parezcan ahora.
Sólo unos pocos filósofos, en particular Platón, Aristóteles, Locke, Hegel y Marx, ubicaron sus ideas políticas en amplios sistemas filosóficos. Pero algunos de esos sistemas fueron incoherentes. Por ejemplo, Marx no advirtió que el igualitarismo es incompatible con la dictadura del proletariado; casi todos los filósofos políticos fueron indiferentes a la dependencia de la mujer, y a ninguno de los héroes del liberalismo le interesó la suerte del Tercer Mundo.
A mi juicio, lo más importante no es la obra de tal o cual filósofo político, sino el hecho de que la plataforma de cualquier movimiento político es una declaración de principios filosóficos. Este partido proclamará la prioridad de la libertad, aquél el de la igualdad; este otro sostendrá el primado de la democracia, y aquél el de la justicia social; uno será laico y otro religioso; éste da prioridad a la eliminación de la pobreza, aquél a la libertad de empresa. Recordemos un par de ejemplos de actualidad.
Cuando se anunció la crisis económica actual, el superbanquero norteamericano Alan Greenspan se declaró sorprendido porque la filosofía política que había aprendido de su mentora, la novelista y filósofa pop Ayn Rand, afirmaba que el capitalismo es el orden social natural, ya que responde al egoísmo propio de la naturaleza humana. (Obviamente, nunca trabajó en una asociaciación voluntaria.) A comienzos de 2009, Greenspan tuvo la honestidad de admitir que se había equivocado; pero persitió en su creencia de que la situación actual se repetirá indefinidamente debido a las incorregibles fallas humanas.
En otras palabras, recurrió al mismo argumento de los estalinistas: el sistema es perfecto, pero los encargados de mantenerlo son imperfectos, de modo que, cuando fallan, merecen ser destruidos. ¿Cómo sabemos que el sistema actual es perfecto? Porque lo afirmó una profetisa. Y ¿cómo sabemos que todos los seres humanos son egoístas? Porque lo aseguró otro profeta.
Poco después de anunciarse la crisis actual, los presidentes Bush y Sarkozy y los primeros ministros Brown y Merkel anunciaron el fin del laissez-faire y el comienzo de una política de salvataje. Esta consiste en sacarles dinero a los pobres contribuyentes para dárselo a las grandes corporaciones en peligro de bancarrota. La derecha de la derecha norteamericana puso el grito en el cielo: declaró que el llamado "paquete de estímulo" votado por el Parlamento era socialismo.
Esta protesta puso en evidencia que esos ultraderechistas no conocen el abecé de la filosofía política. En efecto: el socialismo propone la socialización de la esfera pública, mientras que las medidas de emergencia adoptadas por casi todos los gobiernos consisten en salvar el sistema a costillas del pueblo, en socializar las pérdidas y privatizar las ganancias, como hubiera dicho Garrett Hardin. Es verdad que la nacionalización de algunos bancos, que se efectuó en Gran Bretaña y se amenazó en los Estados Unidos huele a socialismo, pero solamente a las narices que no distinguen el socialismo del estatismo, ni, por lo tanto, el socialismo del estalinismo.
La filosofía política estudia las ideologías sociales, pero no se limita a ellas. También estudia el sistema político como componente de la sociedad. En particular, estudia los intereses privados y los sentimientos morales que mantienen o alteran un orden político dado, así como los derechos y deberes del ciudadano en los distintos sistemas políticos. Pone particular interés en la justicia como equilibro entre derechos y cargas sociales, e investiga la cuestión de si la justicia social es una meta alcanzable o un espejismo.
Una filosofía política amplia reconocerá que la política no se limita a la lucha por el poder, sino que incluye la gobernanza y los problemas técnicos y políticos que ésta plantea. En particular, el filósofo político a tono con su tiempo indaga la posibilidad de la gobernanza científica, o sea, planeada y ejecutada a la luz de las ciencias sociales antes que de la oportunidad política del momento.
En particular, el filósofo político debe reconocer que la protección del medio ambiente requiere medidas que limiten la propiedad privada y, por lo tanto, susciten la resistencia de quienes la poseen. Y debe saber que la Revolución Verde y, en general, el uso de organismos modificados genéticamente, aumenta tanto el rendimiento de las cosechas como las diferencias entre las empresas agrícolas y los campesinos pobres. O sea: el filósofo político tendrá que examinar los efectos de todo tipo que causen los insumos científicos y tecnológicos al Estado.
Si el filósofo político es favorable a la mejora de la calidad de vida, deberá empezar por averiguar cómo se la mide. Si un economista le dice que la mejor tabla de medida es el Producto Bruto Interno, un socioeconomista le informará que la riqueza total no basta, que también hay que saber cómo se distribuye, ya que hay naciones, tales como Arabia Saudita, que tienen un enorme PBI, pero donde la mayoría vive mal, y hay otras, como Costa Rica, donde son pobres, pero donde la gente vive mucho mejor y más.
Por este motivo, las Naciones Unidas propusieron medir la calidad de vida por el índice de desarrollo humano, que promedia tres variables: salud, ingreso per cápita y educación.
Pero aquí faltan dos variables: desigualdad de ingresos y sostenibilidad ecosocial. La sostenibilidad importa si se admite que somos responsables de nuestra descendencia. Y la desigualdad también importa porque, cuando es pronunciada, es causa de conflictos sociales y daña la salud aún más que la pobreza absoluta. Por este motivo, es preciso ampliar el índice de la ONU agregándole indicadores de desigualdad y de sostenibilidad.
A este índice ampliado me refiero en el libro Filosofía política (Gedisa, 2009), donde examino también la posibilidad de ampliar la democracia del terreno político a los demás terrenos pertinentes: la administración de la riqueza, el entorno natural y la cultura. Vuelvo a sugerir, como hace dos décadas -en el octavo tomo de Tratado de filosofía - una alternativa tanto al capitalismo en crisis como al socialismo dictatorial. Esa alternativa es la democracia integral: igualdad de acceso a las riquezas naturales, igualdad de sexos y razas, igualdad de oportunidades económicas y culturales y participación popular en la gerencia de los bienes comunes.
En definitiva: la filosofía política no es un lujo, sino una necesidad, ya que se la necesita para entender la actualidad política y, sobre todo, para pensar un futuro mejor. Pero para que preste semejante servicio la filosofía política deberá formar parte de un sistema coherente al que también pertenezcan una teoría realista del conocimiento, una ética humanista y una visión del mundo acorde con la ciencia y la técnica contemporáneas.
La sociedad moderna es demasiado complicada y frágil para que siga en manos de políticos ignorantes de las ciencias sociales y secuaces de filosofías políticas apolilladas.
El autor es profesor de Filosofía en la Universidad McGill, Montreal.
domingo, 24 de mayo de 2009
SER ALFONSINISTA
Fue allá por septiembre de 1982. Era una noche de viernes en el porteño barrio de Mataderos. Si mal no recuerdo fue en la puerta del local que conducía el ex diputado nacional, hoy fallecido, Liborio Pupillo en la calle Larrazábal.
Fue el primer acto público en que vi en vivo un discurso de Raúl Ricardo Alfonsín.
Lo recuerdo como un hito muy importante en mi vida. Luego de tanto escarnio, muerte, humillación y violación sistemática de la condición humana; escuchaba a alguien hablar de libertad, derechos humanos, democracia, dignidad, ética, solidaridad, respeto.
Para mí era algo mágico, alucinante, sensible, revelador. Eran palabras que mi espíritu joven necesitaba escuchar, interiorizar, atesorar.
Me conmovía hasta las lágrimas, esa oratoria libertaria, entrañable, cargada de esperanza y horizontes de paz.
Solo en mi búsqueda, lo empecé a seguir cada vez que me enteraba que hablaba en la Capital o en algún lugar del Gran Buenos Aires. Cada acto me regocijaba un poquito más el espíritu. Abría mi mente hacia lugares iluminados, transparentes, creativos, felizmente desconocidos.
Luego de un par de meses ya no estaba solo: amigos, novia, conocidos y parientes me empezaron a acompañar a escuchar a Raúl. Ya hasta nos parecía uno de nosotros.
Su figura crecía y mi fascinación se acrecentaba a la par. Los primeros actos fueron inolvidables. No más de cincuenta o sesenta personas rodeando una pequeña tribuna barrial. Nos daba la indeleble imagen de que el discurso era casi de entrecasa, personal, de Raúl a cada uno de nosotros.
Luego lo cosa fue creciendo, apareció la liturgia radical y los actos se despersonalizaron, se masificaron, se hicieron multitudinarios, pero sin perder la mística; cargados de la pasión y el calor que Alfonsín trasmitía con su sola presencia. Él fue la humanización de la palabra expresada desde una tribuna popular.
Conocida su muerte, mis hijos me veían llorar, y creo que no entendían muy bien cómo podía lamentar tanto a alguien que no me unía una relación de amistad estrecha o parentesco directo. Lo que ellos no llegaban a comprender es que los que lo tuvimos a Alfonsín como modelo de vida, él nos cambió la existencia.
Sin ninguna duda marcó, por lo menos para mí, un antes y un después. Y sé que no sólo en mi caso fue tan trascendente, conozco a algunas personas que el haberlo escuchado en algún acto de esa época hasta los ayudó a salir de algunas adicciones. Para todos Alfonsín fue alguien providencial.
Me impresionó ver en su funeral a dirigentes que se “volvieron a humanizar” ante tan irremplazable pérdida. Sólo un líder de su dimensión puede lograr estos “milagros” partidarios.
Enrique Nosiglia dijo, en uno de los discursos en la Recoleta, que al lado de él habían aprendido a ser mejores personas. No tengo dudas que así fue.
Entre tanta tristeza algún desubicado me quiso cuestionar a Alfonsín por tal o cual error político cometido, y simplemente le expliqué que yo admiraba a Raúl Ricardo Alfonsín porque lo consideraba, fundamentalmente, una persona con una elevada condición espiritual. El mejor de una generación, como bien lo expresó el presidente de nuestra Honorable Convención Nacional, Hipólito Solari Yrigoyen.
Le dije que para mí el ex presidente trascendía con creces su estatura política, que en mi opinión era inmensa, porque se había convertido en un referente humano, lo que era mucho más importante.
Él fue una esperanza real para los que pensamos que la política es una de las herramientas más formidables que nos dio la creación del hombre para servir al pueblo, para elevar, y enaltecer, la condición humana.
Los que empezamos a militar en este centenario partido de la mano de su calidez y por admiración a sus dotes políticas, y sobre todo personales, nos fuimos convirtiendo por convicción en radicales, pero nunca renunciamos a ser alfonsinistas.
Yo tuve la oportunidad de haber estado en el sepelio de Perón. Sobre esa misma calle Callao observé algo que los diferenció. La cureña que transportó al General, marchó sin impedimentos por el asfalto de esa avenida, con su pueblo que lo despedía tras las vallas que ponían límites junto al cordón de la vereda.
La que transportó a Alfonsín venía más lenta, avanzaba con más dificultades…….el pueblo caminaba a su lado. A Raúl nadie lo siguió, su pueblo lo acompañó hacia su descanso en paz.
Fue el primer acto público en que vi en vivo un discurso de Raúl Ricardo Alfonsín.
Lo recuerdo como un hito muy importante en mi vida. Luego de tanto escarnio, muerte, humillación y violación sistemática de la condición humana; escuchaba a alguien hablar de libertad, derechos humanos, democracia, dignidad, ética, solidaridad, respeto.
Para mí era algo mágico, alucinante, sensible, revelador. Eran palabras que mi espíritu joven necesitaba escuchar, interiorizar, atesorar.
Me conmovía hasta las lágrimas, esa oratoria libertaria, entrañable, cargada de esperanza y horizontes de paz.
Solo en mi búsqueda, lo empecé a seguir cada vez que me enteraba que hablaba en la Capital o en algún lugar del Gran Buenos Aires. Cada acto me regocijaba un poquito más el espíritu. Abría mi mente hacia lugares iluminados, transparentes, creativos, felizmente desconocidos.
Luego de un par de meses ya no estaba solo: amigos, novia, conocidos y parientes me empezaron a acompañar a escuchar a Raúl. Ya hasta nos parecía uno de nosotros.
Su figura crecía y mi fascinación se acrecentaba a la par. Los primeros actos fueron inolvidables. No más de cincuenta o sesenta personas rodeando una pequeña tribuna barrial. Nos daba la indeleble imagen de que el discurso era casi de entrecasa, personal, de Raúl a cada uno de nosotros.
Luego lo cosa fue creciendo, apareció la liturgia radical y los actos se despersonalizaron, se masificaron, se hicieron multitudinarios, pero sin perder la mística; cargados de la pasión y el calor que Alfonsín trasmitía con su sola presencia. Él fue la humanización de la palabra expresada desde una tribuna popular.
Conocida su muerte, mis hijos me veían llorar, y creo que no entendían muy bien cómo podía lamentar tanto a alguien que no me unía una relación de amistad estrecha o parentesco directo. Lo que ellos no llegaban a comprender es que los que lo tuvimos a Alfonsín como modelo de vida, él nos cambió la existencia.
Sin ninguna duda marcó, por lo menos para mí, un antes y un después. Y sé que no sólo en mi caso fue tan trascendente, conozco a algunas personas que el haberlo escuchado en algún acto de esa época hasta los ayudó a salir de algunas adicciones. Para todos Alfonsín fue alguien providencial.
Me impresionó ver en su funeral a dirigentes que se “volvieron a humanizar” ante tan irremplazable pérdida. Sólo un líder de su dimensión puede lograr estos “milagros” partidarios.
Enrique Nosiglia dijo, en uno de los discursos en la Recoleta, que al lado de él habían aprendido a ser mejores personas. No tengo dudas que así fue.
Entre tanta tristeza algún desubicado me quiso cuestionar a Alfonsín por tal o cual error político cometido, y simplemente le expliqué que yo admiraba a Raúl Ricardo Alfonsín porque lo consideraba, fundamentalmente, una persona con una elevada condición espiritual. El mejor de una generación, como bien lo expresó el presidente de nuestra Honorable Convención Nacional, Hipólito Solari Yrigoyen.
Le dije que para mí el ex presidente trascendía con creces su estatura política, que en mi opinión era inmensa, porque se había convertido en un referente humano, lo que era mucho más importante.
Él fue una esperanza real para los que pensamos que la política es una de las herramientas más formidables que nos dio la creación del hombre para servir al pueblo, para elevar, y enaltecer, la condición humana.
Los que empezamos a militar en este centenario partido de la mano de su calidez y por admiración a sus dotes políticas, y sobre todo personales, nos fuimos convirtiendo por convicción en radicales, pero nunca renunciamos a ser alfonsinistas.
Yo tuve la oportunidad de haber estado en el sepelio de Perón. Sobre esa misma calle Callao observé algo que los diferenció. La cureña que transportó al General, marchó sin impedimentos por el asfalto de esa avenida, con su pueblo que lo despedía tras las vallas que ponían límites junto al cordón de la vereda.
La que transportó a Alfonsín venía más lenta, avanzaba con más dificultades…….el pueblo caminaba a su lado. A Raúl nadie lo siguió, su pueblo lo acompañó hacia su descanso en paz.
martes, 17 de marzo de 2009
LAS DIFERENCIAS IDEOLÓGICAS ENTRE EL RADICALISMO Y EL PERONISMO PARTE II
Caiga quién caiga
Es un excelente momento para volver sobre el tema.
La crisis económica que aqueja al planeta está poniendo en evidencia cuán autoritarios, y lo que es más grave irresponsables, pueden ser los peronistas en el poder.
Si uno escucha a cualquiera de los líderes sindicales peronistas, que son la mayoría, va encontrarse con este discurso: “Primero la Patria, después el movimiento y por último los hombres”. Es decir que para ellos el Hombre es el último que tiene que beneficiarse con las políticas sindicales, sociales, de gobierno o de Estado.
Hoy esto que parece algo banal, lo vemos claramente reflejado en sus acciones de gobierno.
Si hay que mentir con los datos del INDEC no hay que dudar un minuto, más allá del descrédito internacional y la burla al pueblo que esta desnaturalización conlleva.
Si lo que se necesita es avanzar sobre los fondos de la ANSES porque el país no tiene acceso al crédito internacional, no hay que titubear un segundo, los ahorros de los jubilados que se hubieran podido usar, por ejemplo, para darles un haber digno, los usan para otros propósitos.
Si hay que cambiar las fechas de las elecciones nacionales, más allá de que es una práctica muy común de todos los que están y estuvieron en el poder en la Argentina, para sacar alguna ventaja partidaria, hagámoslo sin vacilar.
Si lo que se necesita es volar una ciudad para encubrir una prueba por el delito de vender armas a un país latinoamericano como Ecuador, perjudicando a otro país con altas relaciones de hermandad histórica como Perú, hay que hacerlo sin pensar un segundo. Agravado todo porque la Argentina era garante de la paz entre estas dos naciones.
Si las pruebas de los atentados contra la embajada de Israel y la AMIA, donde murieron cientos de personas, hay que borrarlas con la mayor impunidad y sin ningún miramiento ético, es necesario hacerlo por cuestiones de Estado.
Si lo que se necesita es comprar periodistas, medios gráficos, televisivos, radiales o del género que sea para tener menos críticas que mellen el poder, no hay que tener ningún escrúpulo al respecto. Y si hay que cerrarlo, como en los primeros gobiernos peronistas, también vale.
Podríamos escribir un libro con hechos políticos e históricos que relatan la falta total de escrúpulos con que el oficialismo peronista se manejó, y se maneja, en el poder.
La raíz ideológica hegeliana como punto de partida
Esta forma de accionar política sin ninguna duda está fuertemente sostenida, por no decir totalmente sostenida, por el sustento hegeliano que tiene ideológicamente el peronismo.
Releyendo un viejo libro, El Mito del Estado de Ernst Cassirer, donde el autor habla de la influencia de Hegel en el pensamiento político moderno, Cassirer describe con una gran erudición lo nefasto que fue este filósofo para el pueblo que tuvo que sufrir las consecuencias de su pensamiento puesto en acción.
Dí con este libro porque, en mi curiosidad por bucear en el pensamiento de nuestros grandes hombres; sé que Don Arturo Illia lo tenía como uno de sus libros de cabecera y lo leía y releía. Si la Argentina tuvo un gobernante que fue democrático y republicano, ese fue Don Arturo, que transcurrido más de un cuarto de siglo de fallecido, nos sigue iluminando hasta con sus viejas lecturas.
Dice Cassirer de Hegel: “Era un conservador que defendía el poder de la tradición […] No reconoce otro orden ético por encima del que aparece en la costumbre”
Los liberales alemanes consideraban el sistema hegeliano como el más firme baluarte de la reacción política.
Schopenhauer, su opuesto filosófico, veía al sistema metafísico hegeliano como algo indigno y totalmente falto de escrúpulos.
Hegel rechazaba todo ideal “humanitario”, para él no había actos “egoístas y actos “altruistas” sólo era importante el interés personal, fue el antecesor de Nietzche en todo lo que se llamó teorizar sobre “inmoralismo”.
No lo asustaba el sacro egoísmo, concepto que desarrolló con fina agudeza, y que luego fue tan decisivo y desastroso en la vida política moderna.
Desarrolló un culto al héroe, muy relacionado con el culto al Estado, donde el héroe tenía que tener como única virtud el lograr, y mantener, el poder. Su egoísmo, egocentrismo y carencia de escrúpulos eran los motores de la historia.
La psicopatía que sufrían muchos de los dictadores que sometieron a la humanidad, era cosa de, según Hegel dice en su Filosofía del Derecho: “[…] psicólogos lacayos, para quienes ningún hombre es héroe, y no porque no haya héroes, sino porque ellos mismos no son más que lacayos”.
Los líderes peronistas desde Perón a Kirchner, dan cuenta exacta sobre el culto al héroe que Hegel pergeñó.
He conocido a militantes peronistas que tenían grupos de estudio, donde docentes universitarios de filosofía leían a Hegel traduciéndolo directamente del alemán.
Nuestra señora Presidente de la Nación declaró en un congreso de filosofía que ella abrazaba la filosofía hegeliana, a pesar que el filósofo alemán había tratado muy mal a las mujeres en sus escritos.
Pero no sólo el peronismo abrevó en Hegel, grupos de nuestra más alta estirpe conservadora se relacionaron con reuniones donde se analizaba, y estudiaba en profundidad, el pensamiento hegeliano. Muchos de los más conspicuos dirigentes de la desaparecida UCéDe (Unión del Centro Democrático), con la ingeniera María Julia Alsogaray a la cabeza, fueron partícipes de aquellos encuentros.
Caiga quién caiga
Es un excelente momento para volver sobre el tema.
La crisis económica que aqueja al planeta está poniendo en evidencia cuán autoritarios, y lo que es más grave irresponsables, pueden ser los peronistas en el poder.
Si uno escucha a cualquiera de los líderes sindicales peronistas, que son la mayoría, va encontrarse con este discurso: “Primero la Patria, después el movimiento y por último los hombres”. Es decir que para ellos el Hombre es el último que tiene que beneficiarse con las políticas sindicales, sociales, de gobierno o de Estado.
Hoy esto que parece algo banal, lo vemos claramente reflejado en sus acciones de gobierno.
Si hay que mentir con los datos del INDEC no hay que dudar un minuto, más allá del descrédito internacional y la burla al pueblo que esta desnaturalización conlleva.
Si lo que se necesita es avanzar sobre los fondos de la ANSES porque el país no tiene acceso al crédito internacional, no hay que titubear un segundo, los ahorros de los jubilados que se hubieran podido usar, por ejemplo, para darles un haber digno, los usan para otros propósitos.
Si hay que cambiar las fechas de las elecciones nacionales, más allá de que es una práctica muy común de todos los que están y estuvieron en el poder en la Argentina, para sacar alguna ventaja partidaria, hagámoslo sin vacilar.
Si lo que se necesita es volar una ciudad para encubrir una prueba por el delito de vender armas a un país latinoamericano como Ecuador, perjudicando a otro país con altas relaciones de hermandad histórica como Perú, hay que hacerlo sin pensar un segundo. Agravado todo porque la Argentina era garante de la paz entre estas dos naciones.
Si las pruebas de los atentados contra la embajada de Israel y la AMIA, donde murieron cientos de personas, hay que borrarlas con la mayor impunidad y sin ningún miramiento ético, es necesario hacerlo por cuestiones de Estado.
Si lo que se necesita es comprar periodistas, medios gráficos, televisivos, radiales o del género que sea para tener menos críticas que mellen el poder, no hay que tener ningún escrúpulo al respecto. Y si hay que cerrarlo, como en los primeros gobiernos peronistas, también vale.
Podríamos escribir un libro con hechos políticos e históricos que relatan la falta total de escrúpulos con que el oficialismo peronista se manejó, y se maneja, en el poder.
La raíz ideológica hegeliana como punto de partida
Esta forma de accionar política sin ninguna duda está fuertemente sostenida, por no decir totalmente sostenida, por el sustento hegeliano que tiene ideológicamente el peronismo.
Releyendo un viejo libro, El Mito del Estado de Ernst Cassirer, donde el autor habla de la influencia de Hegel en el pensamiento político moderno, Cassirer describe con una gran erudición lo nefasto que fue este filósofo para el pueblo que tuvo que sufrir las consecuencias de su pensamiento puesto en acción.
Dí con este libro porque, en mi curiosidad por bucear en el pensamiento de nuestros grandes hombres; sé que Don Arturo Illia lo tenía como uno de sus libros de cabecera y lo leía y releía. Si la Argentina tuvo un gobernante que fue democrático y republicano, ese fue Don Arturo, que transcurrido más de un cuarto de siglo de fallecido, nos sigue iluminando hasta con sus viejas lecturas.
Dice Cassirer de Hegel: “Era un conservador que defendía el poder de la tradición […] No reconoce otro orden ético por encima del que aparece en la costumbre”
Los liberales alemanes consideraban el sistema hegeliano como el más firme baluarte de la reacción política.
Schopenhauer, su opuesto filosófico, veía al sistema metafísico hegeliano como algo indigno y totalmente falto de escrúpulos.
Hegel rechazaba todo ideal “humanitario”, para él no había actos “egoístas y actos “altruistas” sólo era importante el interés personal, fue el antecesor de Nietzche en todo lo que se llamó teorizar sobre “inmoralismo”.
No lo asustaba el sacro egoísmo, concepto que desarrolló con fina agudeza, y que luego fue tan decisivo y desastroso en la vida política moderna.
Desarrolló un culto al héroe, muy relacionado con el culto al Estado, donde el héroe tenía que tener como única virtud el lograr, y mantener, el poder. Su egoísmo, egocentrismo y carencia de escrúpulos eran los motores de la historia.
La psicopatía que sufrían muchos de los dictadores que sometieron a la humanidad, era cosa de, según Hegel dice en su Filosofía del Derecho: “[…] psicólogos lacayos, para quienes ningún hombre es héroe, y no porque no haya héroes, sino porque ellos mismos no son más que lacayos”.
Los líderes peronistas desde Perón a Kirchner, dan cuenta exacta sobre el culto al héroe que Hegel pergeñó.
He conocido a militantes peronistas que tenían grupos de estudio, donde docentes universitarios de filosofía leían a Hegel traduciéndolo directamente del alemán.
Nuestra señora Presidente de la Nación declaró en un congreso de filosofía que ella abrazaba la filosofía hegeliana, a pesar que el filósofo alemán había tratado muy mal a las mujeres en sus escritos.
Pero no sólo el peronismo abrevó en Hegel, grupos de nuestra más alta estirpe conservadora se relacionaron con reuniones donde se analizaba, y estudiaba en profundidad, el pensamiento hegeliano. Muchos de los más conspicuos dirigentes de la desaparecida UCéDe (Unión del Centro Democrático), con la ingeniera María Julia Alsogaray a la cabeza, fueron partícipes de aquellos encuentros.
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