LA UNIÓN CÍVICA RADICAL Y EL PODER DEMOCRÁTICO
Cuando empecé a militar en el radicalismo, hace casi tres décadas, escuché a veteranos correligionarios yrigoyenistas hablar del poder democrático. Decían que, por ejemplo, Yrigoyen y Alvear en la presidencia de la Nación y Sabattini en la gobernación de Córdoba habían ejercido este poder del que yo nunca había escuchado hablar.
Esto de ejercer el poder sobre el ciudadano, parece una acción que poco tiene que ver con la Democracia. Es difícil explicar que alguien elegido por el voto popular pueda coaccionar a otra persona en nombre de las instituciones gubernamentales democráticas.
En ningún lugar encontré una definición que me aclarara que era concretamente el poder democrático. Hipólito Yrigoyen en su libro “Mi Vida y mi doctrina” esboza algunos pensamientos que tienen que ver con esta filosofía radical del poder que nos diferencia sustancialmente del peronismo. Frases como: “No fui jefe de nadie ni de nada, porque me siento infinitamente superior a los menguados títulos de toda jefatura” o “Los que nacen con la conciencia superior de los destinos de su vida, nada los fascina ni embriaga, porque no sólo tienen el más profundo desdén por todos los poderes de la tierra, sino también por cuanto pudiera desviarlos de su propia recta orientación. Esto impone un riguroso estilo de vida y el sacrificio de todo lo que fuera personal”
Es interesante considerar que Yrigoyen escribió este libro luego de haber sido durante seis años Presidente de la Nación, es decir, no es la declaración de principios de un poeta o de un intelectual totalmente alejado del manejo del poder político y de la cosa pública. Tal vez hoy esas palabras parezcan algo ingenuas y de otros tiempos, pero esa era la postura filosófica del ex Presidente de un país que se encaminaba a ser uno de los más importantes de la tierra. Hoy se piensa distinto -¿se piensa?- y la Argentina ni siquiera tiene un liderazgo que nos destaque entre los países vecinos.
Si nos tomamos el trabajo de leer el reportaje que un matutino le hace a Michelle Bachelet el domingo 8 de noviembre de 2009, nos damos cuenta que no hace falta ir a los países centrales para ver comportamientos republicanos, éticos y estéticos, como bien dice la presidenta chilena, en el manejo del poder. No son figuras artificiales salidas de coyunturas fortuitas, y hasta lúdicas, que saltan a la fama sin contenido alguno.
Un teórico estadounidense de la Democracia, Robert Dahl, hace un par de décadas delineó el concepto de la Poliarquía. ¿Qué quiere decir Poliarquía?
Dahl dice que el poder real de una Nación, está dividido por el poder que ejercen las religiones, las corporaciones económicas, los sindicatos, las ONG, las asociaciones civiles, etc. y el poder político. Si en el reparto de esos porcentajes el poder soberano no tiene preponderancia sobre los otros poderes, no hay Democracia, o es una Democracia muy limitada. Es decir el pueblo no puede ejercer, por medio de sus representantes, su poder democrático.
Toda esta mínima explicación, esta orientada a empezar a dirimir desde qué lugar los radicales queremos ejercer el poder si en los próximos años llegamos a ocupar la Presidencia del Nación.
El poder democrático es un poder que se ejerce desde la autoridad. Para ejercer el poder desde la autoridad hay que contar con un líder que desarrolle su liderazgo apoyado en valores. Para los radicales esos valores tienen que ser valores radicales, es una obviedad no tan obvia para algunos correligionarios.
El Dr. Raúl Ricardo Alfonsín decía en las tribunas en la campaña electoral del ´83, que hay que “seguir ideas y no hombres”, porque los hombres se equivocan, se enferman –pueden hasta enloquecer- y se mueren. Las ideas son la esencia de la política, por eso hay que recrearlo claramente a Alfonsín y hurgar muy profundamente en el ideario de quién va a ser el candidato que nos va a representar en el 2011. Y Moisés Lebensohn agregaría: “Doctrina, para que nos entiendan, conducta para que nos crean”
Hace muchos años, exactamente veinte, que de candidato a la primer magistratura no llevamos a alguien que sepamos que va a representar nuestros principios con la doctrina, la convicción, la capacidad, y la fuerza necesaria.
La candidatura de Massaccesi, la podemos tomar como un accidente –vimos claramente cuál fue su destino político y, sobre todo, partidario-, la llegada de De la Rúa a la presidencia ya la he analizado en otros documentos y prefiero no recordarla –algunas perlitas al pasar sobran: Juan Llach ministro de educación, el bajarle los sueldos a los empleados públicos y jubilados….. y Cavallo-. Lo de Moreau fue sólo testimonial y lo de Lavagna es preferible olvidarlo desde cualquier lugar que se lo quiera analizar (pragmáticos abstenerse).
Es decir, Eduardo César Angeloz fue el último hombre del partido que peleó por la llegada a lo más alto del poder gubernamental, de nuestra más profunda doctrina partidaria para intentar teñir al país de cultura republicana, de intentar ejercer el poder democrático, de dar un salto cualitativo y dejar atrás, luego del fundacional gobierno de transición de Alfonsín, tantos años de gobiernos conservadores –léase peronistas o similares-.
Para que esto ocurra nuestro candidato tiene que transpirar radicalismo por sus poros a cada paso que dé. No podemos probar con hombres providenciales para que ver qué pasa, para chequear cuán radicales son una vez instalados en el gobierno. Tenemos que tener absoluta confianza sobre lo que piensan en educación, en salud, en política internacional, en seguridad, en economía, en políticas sociales, etc. Pero, por sobre todas las cosas, tenemos que asegurarnos de quiénes se va a rodear para ejercer ese poder democrático. Recientes gabinetes nacionales de gobiernos propios, dan crédito absoluto a todas estas dudas.
Estoy absolutamente convencido que todos los males que sufrimos desde 1989 hasta hoy, tiene que ver con nuestro alejamiento de las bases doctrinarias que justificaron, y fueron la causa, de nuestra existencia. No se puede reivindicar a Juárez Celman y decirse radical. Sé que para muchos correligionarios esto es una banalidad, pero estamos cansados de los banales y, por sobre todas las cosas, a los lugares donde nos condujeron con sus vulgaridades y tilingadas.
Todo este análisis tiene que ver con algo que considero esencial para nuestra existencia, el pueblo no soportaría otra traición a los principios que necesariamente tenemos la obligación de exhibir, llegado el radicalismo, y sus aliados, a la presidencia de la Nación.
Los pragmáticos dirigentes, de la altísima política, que manejaron a nuestro partido en los últimos tres lustros –por supuesto con algunas excepciones que no hace falta mencionar-, dejaron de lado todo lo que tuviera que ver con nuestra doctrina. Importaron ideas que nada aportaron, manejaron elecciones internas, manipularon convenciones y plenarios, pusieron candidatos sin ninguna consulta al afiliado, resguardaron cargos políticos, para unos pocos amigos por supuesto, en gobiernos que poco tuvieron que ver con el radicalismo, hicieron alianzas y demás yerbas para llegar al poder caiga quien caiga, negociaron candidatos en listas de cualquier color, etc., etc., etc.
El resultado de tanto pragmatismo es: en tres de los más importantes distritos del país, la Ciudad Autónoma de Bs. As., la Prov. de Bs. As. y la Prov. de Santa Fé, si hoy vamos a una elección con nuestra histórica Lista 3 el resultado electoral es paupérrimo. Esa es la consecuencia de las genialidades pergeñadas por nuestros conspicuos pragmáticos proyectadas a la política real. Hay unos poquitos personajes partidarios -¿partidarios?- que se favorecieron con este caos de identidades, conciencias e ingenierías, pero mientras ellos subieron, en lo personal por supuesto, la Unión Cívica Radical se derrumbó, SE DEMOLIÓ.
Para apagar un incendio hace falta bomberos con experiencia y vocación de apagarlo, buscar a un experto en el uso de lanzallamas sólo favorece a los que quieren más fuego, con él nunca apagaremos el incendio.
Si queremos reconstruir a la Unión Cívica Radical hay que buscar obreros que la reconstruyan. Que tengan la pasión, la sabiduría y la vocación de hacerlo. Lo que no podemos hacer es intentarlo con especialistas en demoliciones.
Al líder de la empresa de la reconstrucción hay que elegirlo, como también decía Raúl Alfonsín, “no cabalgando sobre encuestas”. Lo importante es que sea un obrero de la construcción. ¡¡¡OJO!!! con los especialistas en DEMOLICIONES, hace muchos años que los sufrimos y nos han hecho mucho daño.
Tal vez nuestra querida UCR no resista otra demolición.
Marcelo Luis Tassara militante radical de la Sección 20º capitalina.
lunes, 30 de noviembre de 2009
miércoles, 23 de septiembre de 2009
HONORIO PUEYRREDÓN: UN POLÍTICO CON ESPÍRITU
HONORIO PUEYRREDÓN: UN POLÍTICO CON ESPÍRITU
Don Honorio era nieto de Don Juan Martín de Pueyrredón, que a la edad de veinticinco años había emigrado al Río de la Plata desde un pequeño pueblito llamado Issor, cercano a los montes Pirineos, en la lejana Francia.
Juan Martín había sido un actor activo en las luchas por la Independencia, designio que marcó el destino de su nieto, en las más cercanas luchas por la Democracia y la Igualdad.
Honorio iba al colegio secundario cuando la Revolución del Parque conmueve al país como epopeya popular en la lucha por el voto secreto, obligatorio y universal.
Con la llegada de Hipólito Yrigoyen al gobierno, una de las preocupaciones del estadista era el nuevo rumbo que le quería imprimir a la política agropecuaria del mismo. Ese fue el lugar en donde lo necesitó a Don Honorio.
Había que defender al hombre de campo, al verdadero productor, contra la explotación de los monopolios, liberarlo del latifundio y hacer valer sus derechos. Ya no se usaría el cargo de ministro de agricultura para enriquecerse con vastas extensiones fiscales, ni se iba a despojar al campesino de su trabajo pagándole precios viles por su producción, ni tampoco ocuparían el cargo los abogados de los trust internacionales como había ocurrido cuando “El Régimen” gobernaba.
Además Don Honorio, fue luego el gran canciller del primer Presidente democrático que tuvimos los argentinos.
Pero en otra entrega voy a referirme a Pueyrredón en su gestión de gobierno, en su radicalismo expresado en actos gubernamentales.
En este primer escrito quiero rescatar el espíritu profundo de la acción y la ideología de Don Honorio. En esta época de vacas flacas espirituales, donde la política se convirtió sólo en un “toma y daca”. Donde la mediocridad más profunda en el pensamiento, en la hombría de bien de los políticos y, por consiguiente, en los ejemplos que se dan a la sociedad, se cierne sobre el pueblo, una figura como Pueyrredón puede dar luz ante tanta oscuridad.
Para empezar me parece muy enriquecedor bucear en el pensamiento de Pueyrredón. Qué pensaba él sobre su partido, la UCR, me parece importante conocerlo:
“La Unión Cívica Radical es una fuerza espiritual; un estado de conciencia; radica en el alma del pueblo; el Radicalismo es hoy como lo fuera otrora una esperanza de redención social. Si llegáramos a defraudarle, si por falta de comprensión de sus hombres dirigentes no marcáramos en la acción futura de gobierno, rumbos y procedimientos nuevos que lleven la gran premisa de asegurar la mayor felicidad al mayor número; sino hemos de empeñarnos y crear un estado medio entre la riqueza y la miseria, de modo que el pobre tenga asegurado un mínimo de bienestar, con pan, escuela y trabajo, y el que lo ha conquistado viva libre del miedo a perderlo; si no hemos de hacer lo bastante, para no contemplar el espectáculo de ver levantarse a diario nuevas ciudades, en las que mientras el obrero con sus manos construye palacios, no asegura para su cabeza un solo techo, si no hemos de reivindicar el ideal de civilización moderna, de que el obrero sea el elemento esencial y el asociado de la industria; de que el hombre está primero que la máquina y primero que el producto, y que para una Nación fuerte hacer dinero es menos importante que formar hombres; si no hemos de hacer eso, días nebulosos podrán venir para la paz social de la República"
Que claridad conceptual, que breve resumen de la misión histórica de nuestro partido y, porque no decirlo, cuanto nos alejamos de estos mandatos fundamentales.
Que lejos quedamos de ser una fuerza espiritual, tristemente….. lejísimo. Que poco nos queda del alma del Pueblo, de la esperanza de ser una herramienta de redención social. ¡En cuanto privilegiamos lo material y nos olvidamos de formar hombres! Como, lamentablemente contribuimos, desde la acción o desde la renuncia o la abstención, a crear días nebulosos para la paz social de la República.
Aquellos hombres tenían la autoridad de su conducta, tenían poder democrático, poder del que carecen la mayoría de los dirigentes políticos argentinos. Algunas historias personales de Don Honorio lo legitiman, lo enaltecen.
Corría el año 1933, más precisamente el 27 de diciembre en la ciudad de Santa Fé sesiona la Honorable Convención Nacional, Pueyrredón la preside. La Honorable Convención –que realmente era HONORABLE- declara la abstención intransigente, activa y revolucionaria. Dos días después, el 29 de diciembre, estalla un movimiento revolucionario en las provincias de Córdoba, Entre Ríos, Buenos Aires y Corrientes, que es derrotado por las fuerzas militares del gobierno de facto.
Los máximos dirigentes del partido son encarcelados en el buque Artigas y son llevados desde la ciudad de Santa Fé a la isla Martín García. El dictador Justo les da como opción: salir del país o ir todos presos a el penal de Ushuaia.
Alvear, empujado por la decisión de sus correligionarios que lo acompañan en prisión, decide irse a París para luchar desde esa capital estratégica, por la Libertad ausente en la República. Lo invita a Don Honorio a que lo acompañe, éste se niega y consulta a su mujer Julieta Meyans cual era su opinión; ella contesta: “Te acompañaré a los fríos del Sur. Me embarco el 16”. No va sola, un par de mujeres radicales con sus maridos presos la acompañan.
Una mañana Doña Julieta, que vivía en una casilla de chapa alquilada a un vecino fueguino, estaba sacando la nieve que había caído sobre la ropa colgada en la soga para secarse. Una vecina del lugar la reconoce y le dice que como podía ser que ella que era la mujer de un ex canciller, que había vivido en París, pudiera estar haciendo esas tareas menores en un lugar tan inhóspito; que la dejara a ella. Julieta la mira fijo y le contesta: “Si aquello no agrandaba, esto no achica” y sigue con su tarea doméstica.
El destierro hizo legítimos ante su pueblo a estos dirigentes, no le esquivaron a la intemperie, a la cárcel, a las incomodidades, a la lucha en las condiciones que fueran. Pero no sólo ellos le pusieron el pecho si no también sus mujeres. ¿Nos imaginamos alguno de nosotros, estar presos en Ushuaia en esos años por enfrentar al gobierno de turno? ¿Y a nuestras mujeres? ¡Mejor ni imaginarlo! ¿no? Por eso la UCR está como está, porque sólo peleamos por nuestra comodidad, porque ante el más mínimo escollo buscamos un ala en donde podamos cobijarnos, ver la forma más conveniente de zafar. Se puede llamar Ibarra, Telerman, Lavagna, Macri o cualquiera. Lo importante es ser lo más indignos posibles.
Termino, al respecto, con una frase de Don Honorio Pueyrredón, el mismo, el que tenía legitimidad porque se la había ganado centímetro a centímetro con su sacrificio y vocación de servicio, el que luego de vivir en París sufrió la cárcel más dura, pudiendo haber elegido volver a la Ciudad Luz:
“No hay dignidad que no se base en el dolor”
Don Honorio era nieto de Don Juan Martín de Pueyrredón, que a la edad de veinticinco años había emigrado al Río de la Plata desde un pequeño pueblito llamado Issor, cercano a los montes Pirineos, en la lejana Francia.
Juan Martín había sido un actor activo en las luchas por la Independencia, designio que marcó el destino de su nieto, en las más cercanas luchas por la Democracia y la Igualdad.
Honorio iba al colegio secundario cuando la Revolución del Parque conmueve al país como epopeya popular en la lucha por el voto secreto, obligatorio y universal.
Con la llegada de Hipólito Yrigoyen al gobierno, una de las preocupaciones del estadista era el nuevo rumbo que le quería imprimir a la política agropecuaria del mismo. Ese fue el lugar en donde lo necesitó a Don Honorio.
Había que defender al hombre de campo, al verdadero productor, contra la explotación de los monopolios, liberarlo del latifundio y hacer valer sus derechos. Ya no se usaría el cargo de ministro de agricultura para enriquecerse con vastas extensiones fiscales, ni se iba a despojar al campesino de su trabajo pagándole precios viles por su producción, ni tampoco ocuparían el cargo los abogados de los trust internacionales como había ocurrido cuando “El Régimen” gobernaba.
Además Don Honorio, fue luego el gran canciller del primer Presidente democrático que tuvimos los argentinos.
Pero en otra entrega voy a referirme a Pueyrredón en su gestión de gobierno, en su radicalismo expresado en actos gubernamentales.
En este primer escrito quiero rescatar el espíritu profundo de la acción y la ideología de Don Honorio. En esta época de vacas flacas espirituales, donde la política se convirtió sólo en un “toma y daca”. Donde la mediocridad más profunda en el pensamiento, en la hombría de bien de los políticos y, por consiguiente, en los ejemplos que se dan a la sociedad, se cierne sobre el pueblo, una figura como Pueyrredón puede dar luz ante tanta oscuridad.
Para empezar me parece muy enriquecedor bucear en el pensamiento de Pueyrredón. Qué pensaba él sobre su partido, la UCR, me parece importante conocerlo:
“La Unión Cívica Radical es una fuerza espiritual; un estado de conciencia; radica en el alma del pueblo; el Radicalismo es hoy como lo fuera otrora una esperanza de redención social. Si llegáramos a defraudarle, si por falta de comprensión de sus hombres dirigentes no marcáramos en la acción futura de gobierno, rumbos y procedimientos nuevos que lleven la gran premisa de asegurar la mayor felicidad al mayor número; sino hemos de empeñarnos y crear un estado medio entre la riqueza y la miseria, de modo que el pobre tenga asegurado un mínimo de bienestar, con pan, escuela y trabajo, y el que lo ha conquistado viva libre del miedo a perderlo; si no hemos de hacer lo bastante, para no contemplar el espectáculo de ver levantarse a diario nuevas ciudades, en las que mientras el obrero con sus manos construye palacios, no asegura para su cabeza un solo techo, si no hemos de reivindicar el ideal de civilización moderna, de que el obrero sea el elemento esencial y el asociado de la industria; de que el hombre está primero que la máquina y primero que el producto, y que para una Nación fuerte hacer dinero es menos importante que formar hombres; si no hemos de hacer eso, días nebulosos podrán venir para la paz social de la República"
Que claridad conceptual, que breve resumen de la misión histórica de nuestro partido y, porque no decirlo, cuanto nos alejamos de estos mandatos fundamentales.
Que lejos quedamos de ser una fuerza espiritual, tristemente….. lejísimo. Que poco nos queda del alma del Pueblo, de la esperanza de ser una herramienta de redención social. ¡En cuanto privilegiamos lo material y nos olvidamos de formar hombres! Como, lamentablemente contribuimos, desde la acción o desde la renuncia o la abstención, a crear días nebulosos para la paz social de la República.
Aquellos hombres tenían la autoridad de su conducta, tenían poder democrático, poder del que carecen la mayoría de los dirigentes políticos argentinos. Algunas historias personales de Don Honorio lo legitiman, lo enaltecen.
Corría el año 1933, más precisamente el 27 de diciembre en la ciudad de Santa Fé sesiona la Honorable Convención Nacional, Pueyrredón la preside. La Honorable Convención –que realmente era HONORABLE- declara la abstención intransigente, activa y revolucionaria. Dos días después, el 29 de diciembre, estalla un movimiento revolucionario en las provincias de Córdoba, Entre Ríos, Buenos Aires y Corrientes, que es derrotado por las fuerzas militares del gobierno de facto.
Los máximos dirigentes del partido son encarcelados en el buque Artigas y son llevados desde la ciudad de Santa Fé a la isla Martín García. El dictador Justo les da como opción: salir del país o ir todos presos a el penal de Ushuaia.
Alvear, empujado por la decisión de sus correligionarios que lo acompañan en prisión, decide irse a París para luchar desde esa capital estratégica, por la Libertad ausente en la República. Lo invita a Don Honorio a que lo acompañe, éste se niega y consulta a su mujer Julieta Meyans cual era su opinión; ella contesta: “Te acompañaré a los fríos del Sur. Me embarco el 16”. No va sola, un par de mujeres radicales con sus maridos presos la acompañan.
Una mañana Doña Julieta, que vivía en una casilla de chapa alquilada a un vecino fueguino, estaba sacando la nieve que había caído sobre la ropa colgada en la soga para secarse. Una vecina del lugar la reconoce y le dice que como podía ser que ella que era la mujer de un ex canciller, que había vivido en París, pudiera estar haciendo esas tareas menores en un lugar tan inhóspito; que la dejara a ella. Julieta la mira fijo y le contesta: “Si aquello no agrandaba, esto no achica” y sigue con su tarea doméstica.
El destierro hizo legítimos ante su pueblo a estos dirigentes, no le esquivaron a la intemperie, a la cárcel, a las incomodidades, a la lucha en las condiciones que fueran. Pero no sólo ellos le pusieron el pecho si no también sus mujeres. ¿Nos imaginamos alguno de nosotros, estar presos en Ushuaia en esos años por enfrentar al gobierno de turno? ¿Y a nuestras mujeres? ¡Mejor ni imaginarlo! ¿no? Por eso la UCR está como está, porque sólo peleamos por nuestra comodidad, porque ante el más mínimo escollo buscamos un ala en donde podamos cobijarnos, ver la forma más conveniente de zafar. Se puede llamar Ibarra, Telerman, Lavagna, Macri o cualquiera. Lo importante es ser lo más indignos posibles.
Termino, al respecto, con una frase de Don Honorio Pueyrredón, el mismo, el que tenía legitimidad porque se la había ganado centímetro a centímetro con su sacrificio y vocación de servicio, el que luego de vivir en París sufrió la cárcel más dura, pudiendo haber elegido volver a la Ciudad Luz:
“No hay dignidad que no se base en el dolor”
sábado, 4 de julio de 2009
LA FILOSOFÍA POLÍTICA NO ES UN LUJO
LA FILOSOFÍA POLÍTICA NO ES UN LUJO
MARIO BUNGE
¿Qué es la filosofía política? Es la rama de la filosofía que sopesa los méritos y defectos de los distintos órdenes políticos, tales como el liberal, el democrático, el socialdemocrático y el fascista. El filósofo político nos dice qué regímenes favorecen los intereses de las mayorías y cuáles los de las minorías; qué gobiernos protegen los derechos y cuáles los restringen; qué tipos de Estado promueven el progreso y cuáles lo obstaculizan.
Además, y por esto hace filosofía antes que ideología, el filósofo político procura dar argumentos racionales, en lugar de ¡vivas! y ¡muertes!, en favor o en contra de los distintos órdenes sociales. Por ejemplo, nos dirá que la libertad incontrolada del individuo es tan enemiga de la democracia como la opresión, porque supone que no hay valores sociales y que todo está en venta. O nos dirá que la libertad y la democracia vienen de abajo, no de arriba, ya que el privilegio es enemigo de la libertad y de la igualdad.
¿Para qué sirve la filosofía política? Unas veces para bien, otras para mal y otras más para nada. Veamos algunos ejemplos. El liberalismo político nació en el cerebro de John Locke, el gran filósofo del siglo XVI. Según Karl Popper, el fascismo fue concebido por Hegel, mientras que Isaiah Berlin lo hace nacer en el cerebro de Joseph de Maistre. El filósofo y economista John Stuart Mill defendió el socialismo democrático, en tanto que su homólogo Karl Marx abogó por el socialismo dictatorial. Nietzsche, Gentile y Heidegger fueron fascistas, mientras que Engels y Antonio Labriola abogaron por el socialismo marxista. Benedetto Croce fue liberal, pero no democrático, mientras que Norberto Bobbio osciló entre el liberalismo y el socialismo. Carl Schmitt y Leo Strauss se inspiraron en Platón, Nietzsche y Heidegger, y el primero fue militante nazi, mientras que el segundo fue profesor de algunos de los asesores más siniestros del presidente George W. Bush.
Por el contrario, John Rawls combinó el liberalismo político con el socialismo estatal, mientras que Ronald Dworkin hace filosofía liberal limitada al ámbito jurídico. Pero es verdad que la mayoría de los filósofos políticos han sido inanes, por haberse limitado a comentar ideas políticas de otros.
Los filósofos políticos contemporáneos creen poder desligar las ideas políticas de una concepción del mundo. Sin embargo, toda concepción de la política presupone una concepción del mundo. Por ejemplo, si todo dependiera primordialmente de las ideas y nada de los intereses materiales, la acción política se reduciría a hablar y escribir. Si estamos sometidos a la voluntad de Dios, la oración será más eficaz que la acción. Si la naturaleza humana es invariable, las reformas sociales serán inútiles. Pero si, en cambio, somos cambiantes, no debemos diseñar sociedades rígidas, por perfectas que nos parezcan ahora.
Sólo unos pocos filósofos, en particular Platón, Aristóteles, Locke, Hegel y Marx, ubicaron sus ideas políticas en amplios sistemas filosóficos. Pero algunos de esos sistemas fueron incoherentes. Por ejemplo, Marx no advirtió que el igualitarismo es incompatible con la dictadura del proletariado; casi todos los filósofos políticos fueron indiferentes a la dependencia de la mujer, y a ninguno de los héroes del liberalismo le interesó la suerte del Tercer Mundo.
A mi juicio, lo más importante no es la obra de tal o cual filósofo político, sino el hecho de que la plataforma de cualquier movimiento político es una declaración de principios filosóficos. Este partido proclamará la prioridad de la libertad, aquél el de la igualdad; este otro sostendrá el primado de la democracia, y aquél el de la justicia social; uno será laico y otro religioso; éste da prioridad a la eliminación de la pobreza, aquél a la libertad de empresa. Recordemos un par de ejemplos de actualidad.
Cuando se anunció la crisis económica actual, el superbanquero norteamericano Alan Greenspan se declaró sorprendido porque la filosofía política que había aprendido de su mentora, la novelista y filósofa pop Ayn Rand, afirmaba que el capitalismo es el orden social natural, ya que responde al egoísmo propio de la naturaleza humana. (Obviamente, nunca trabajó en una asociaciación voluntaria.) A comienzos de 2009, Greenspan tuvo la honestidad de admitir que se había equivocado; pero persitió en su creencia de que la situación actual se repetirá indefinidamente debido a las incorregibles fallas humanas.
En otras palabras, recurrió al mismo argumento de los estalinistas: el sistema es perfecto, pero los encargados de mantenerlo son imperfectos, de modo que, cuando fallan, merecen ser destruidos. ¿Cómo sabemos que el sistema actual es perfecto? Porque lo afirmó una profetisa. Y ¿cómo sabemos que todos los seres humanos son egoístas? Porque lo aseguró otro profeta.
Poco después de anunciarse la crisis actual, los presidentes Bush y Sarkozy y los primeros ministros Brown y Merkel anunciaron el fin del laissez-faire y el comienzo de una política de salvataje. Esta consiste en sacarles dinero a los pobres contribuyentes para dárselo a las grandes corporaciones en peligro de bancarrota. La derecha de la derecha norteamericana puso el grito en el cielo: declaró que el llamado "paquete de estímulo" votado por el Parlamento era socialismo.
Esta protesta puso en evidencia que esos ultraderechistas no conocen el abecé de la filosofía política. En efecto: el socialismo propone la socialización de la esfera pública, mientras que las medidas de emergencia adoptadas por casi todos los gobiernos consisten en salvar el sistema a costillas del pueblo, en socializar las pérdidas y privatizar las ganancias, como hubiera dicho Garrett Hardin. Es verdad que la nacionalización de algunos bancos, que se efectuó en Gran Bretaña y se amenazó en los Estados Unidos huele a socialismo, pero solamente a las narices que no distinguen el socialismo del estatismo, ni, por lo tanto, el socialismo del estalinismo.
La filosofía política estudia las ideologías sociales, pero no se limita a ellas. También estudia el sistema político como componente de la sociedad. En particular, estudia los intereses privados y los sentimientos morales que mantienen o alteran un orden político dado, así como los derechos y deberes del ciudadano en los distintos sistemas políticos. Pone particular interés en la justicia como equilibro entre derechos y cargas sociales, e investiga la cuestión de si la justicia social es una meta alcanzable o un espejismo.
Una filosofía política amplia reconocerá que la política no se limita a la lucha por el poder, sino que incluye la gobernanza y los problemas técnicos y políticos que ésta plantea. En particular, el filósofo político a tono con su tiempo indaga la posibilidad de la gobernanza científica, o sea, planeada y ejecutada a la luz de las ciencias sociales antes que de la oportunidad política del momento.
En particular, el filósofo político debe reconocer que la protección del medio ambiente requiere medidas que limiten la propiedad privada y, por lo tanto, susciten la resistencia de quienes la poseen. Y debe saber que la Revolución Verde y, en general, el uso de organismos modificados genéticamente, aumenta tanto el rendimiento de las cosechas como las diferencias entre las empresas agrícolas y los campesinos pobres. O sea: el filósofo político tendrá que examinar los efectos de todo tipo que causen los insumos científicos y tecnológicos al Estado.
Si el filósofo político es favorable a la mejora de la calidad de vida, deberá empezar por averiguar cómo se la mide. Si un economista le dice que la mejor tabla de medida es el Producto Bruto Interno, un socioeconomista le informará que la riqueza total no basta, que también hay que saber cómo se distribuye, ya que hay naciones, tales como Arabia Saudita, que tienen un enorme PBI, pero donde la mayoría vive mal, y hay otras, como Costa Rica, donde son pobres, pero donde la gente vive mucho mejor y más.
Por este motivo, las Naciones Unidas propusieron medir la calidad de vida por el índice de desarrollo humano, que promedia tres variables: salud, ingreso per cápita y educación.
Pero aquí faltan dos variables: desigualdad de ingresos y sostenibilidad ecosocial. La sostenibilidad importa si se admite que somos responsables de nuestra descendencia. Y la desigualdad también importa porque, cuando es pronunciada, es causa de conflictos sociales y daña la salud aún más que la pobreza absoluta. Por este motivo, es preciso ampliar el índice de la ONU agregándole indicadores de desigualdad y de sostenibilidad.
A este índice ampliado me refiero en el libro Filosofía política (Gedisa, 2009), donde examino también la posibilidad de ampliar la democracia del terreno político a los demás terrenos pertinentes: la administración de la riqueza, el entorno natural y la cultura. Vuelvo a sugerir, como hace dos décadas -en el octavo tomo de Tratado de filosofía - una alternativa tanto al capitalismo en crisis como al socialismo dictatorial. Esa alternativa es la democracia integral: igualdad de acceso a las riquezas naturales, igualdad de sexos y razas, igualdad de oportunidades económicas y culturales y participación popular en la gerencia de los bienes comunes.
En definitiva: la filosofía política no es un lujo, sino una necesidad, ya que se la necesita para entender la actualidad política y, sobre todo, para pensar un futuro mejor. Pero para que preste semejante servicio la filosofía política deberá formar parte de un sistema coherente al que también pertenezcan una teoría realista del conocimiento, una ética humanista y una visión del mundo acorde con la ciencia y la técnica contemporáneas.
La sociedad moderna es demasiado complicada y frágil para que siga en manos de políticos ignorantes de las ciencias sociales y secuaces de filosofías políticas apolilladas.
El autor es profesor de Filosofía en la Universidad McGill, Montreal.
MARIO BUNGE
¿Qué es la filosofía política? Es la rama de la filosofía que sopesa los méritos y defectos de los distintos órdenes políticos, tales como el liberal, el democrático, el socialdemocrático y el fascista. El filósofo político nos dice qué regímenes favorecen los intereses de las mayorías y cuáles los de las minorías; qué gobiernos protegen los derechos y cuáles los restringen; qué tipos de Estado promueven el progreso y cuáles lo obstaculizan.
Además, y por esto hace filosofía antes que ideología, el filósofo político procura dar argumentos racionales, en lugar de ¡vivas! y ¡muertes!, en favor o en contra de los distintos órdenes sociales. Por ejemplo, nos dirá que la libertad incontrolada del individuo es tan enemiga de la democracia como la opresión, porque supone que no hay valores sociales y que todo está en venta. O nos dirá que la libertad y la democracia vienen de abajo, no de arriba, ya que el privilegio es enemigo de la libertad y de la igualdad.
¿Para qué sirve la filosofía política? Unas veces para bien, otras para mal y otras más para nada. Veamos algunos ejemplos. El liberalismo político nació en el cerebro de John Locke, el gran filósofo del siglo XVI. Según Karl Popper, el fascismo fue concebido por Hegel, mientras que Isaiah Berlin lo hace nacer en el cerebro de Joseph de Maistre. El filósofo y economista John Stuart Mill defendió el socialismo democrático, en tanto que su homólogo Karl Marx abogó por el socialismo dictatorial. Nietzsche, Gentile y Heidegger fueron fascistas, mientras que Engels y Antonio Labriola abogaron por el socialismo marxista. Benedetto Croce fue liberal, pero no democrático, mientras que Norberto Bobbio osciló entre el liberalismo y el socialismo. Carl Schmitt y Leo Strauss se inspiraron en Platón, Nietzsche y Heidegger, y el primero fue militante nazi, mientras que el segundo fue profesor de algunos de los asesores más siniestros del presidente George W. Bush.
Por el contrario, John Rawls combinó el liberalismo político con el socialismo estatal, mientras que Ronald Dworkin hace filosofía liberal limitada al ámbito jurídico. Pero es verdad que la mayoría de los filósofos políticos han sido inanes, por haberse limitado a comentar ideas políticas de otros.
Los filósofos políticos contemporáneos creen poder desligar las ideas políticas de una concepción del mundo. Sin embargo, toda concepción de la política presupone una concepción del mundo. Por ejemplo, si todo dependiera primordialmente de las ideas y nada de los intereses materiales, la acción política se reduciría a hablar y escribir. Si estamos sometidos a la voluntad de Dios, la oración será más eficaz que la acción. Si la naturaleza humana es invariable, las reformas sociales serán inútiles. Pero si, en cambio, somos cambiantes, no debemos diseñar sociedades rígidas, por perfectas que nos parezcan ahora.
Sólo unos pocos filósofos, en particular Platón, Aristóteles, Locke, Hegel y Marx, ubicaron sus ideas políticas en amplios sistemas filosóficos. Pero algunos de esos sistemas fueron incoherentes. Por ejemplo, Marx no advirtió que el igualitarismo es incompatible con la dictadura del proletariado; casi todos los filósofos políticos fueron indiferentes a la dependencia de la mujer, y a ninguno de los héroes del liberalismo le interesó la suerte del Tercer Mundo.
A mi juicio, lo más importante no es la obra de tal o cual filósofo político, sino el hecho de que la plataforma de cualquier movimiento político es una declaración de principios filosóficos. Este partido proclamará la prioridad de la libertad, aquél el de la igualdad; este otro sostendrá el primado de la democracia, y aquél el de la justicia social; uno será laico y otro religioso; éste da prioridad a la eliminación de la pobreza, aquél a la libertad de empresa. Recordemos un par de ejemplos de actualidad.
Cuando se anunció la crisis económica actual, el superbanquero norteamericano Alan Greenspan se declaró sorprendido porque la filosofía política que había aprendido de su mentora, la novelista y filósofa pop Ayn Rand, afirmaba que el capitalismo es el orden social natural, ya que responde al egoísmo propio de la naturaleza humana. (Obviamente, nunca trabajó en una asociaciación voluntaria.) A comienzos de 2009, Greenspan tuvo la honestidad de admitir que se había equivocado; pero persitió en su creencia de que la situación actual se repetirá indefinidamente debido a las incorregibles fallas humanas.
En otras palabras, recurrió al mismo argumento de los estalinistas: el sistema es perfecto, pero los encargados de mantenerlo son imperfectos, de modo que, cuando fallan, merecen ser destruidos. ¿Cómo sabemos que el sistema actual es perfecto? Porque lo afirmó una profetisa. Y ¿cómo sabemos que todos los seres humanos son egoístas? Porque lo aseguró otro profeta.
Poco después de anunciarse la crisis actual, los presidentes Bush y Sarkozy y los primeros ministros Brown y Merkel anunciaron el fin del laissez-faire y el comienzo de una política de salvataje. Esta consiste en sacarles dinero a los pobres contribuyentes para dárselo a las grandes corporaciones en peligro de bancarrota. La derecha de la derecha norteamericana puso el grito en el cielo: declaró que el llamado "paquete de estímulo" votado por el Parlamento era socialismo.
Esta protesta puso en evidencia que esos ultraderechistas no conocen el abecé de la filosofía política. En efecto: el socialismo propone la socialización de la esfera pública, mientras que las medidas de emergencia adoptadas por casi todos los gobiernos consisten en salvar el sistema a costillas del pueblo, en socializar las pérdidas y privatizar las ganancias, como hubiera dicho Garrett Hardin. Es verdad que la nacionalización de algunos bancos, que se efectuó en Gran Bretaña y se amenazó en los Estados Unidos huele a socialismo, pero solamente a las narices que no distinguen el socialismo del estatismo, ni, por lo tanto, el socialismo del estalinismo.
La filosofía política estudia las ideologías sociales, pero no se limita a ellas. También estudia el sistema político como componente de la sociedad. En particular, estudia los intereses privados y los sentimientos morales que mantienen o alteran un orden político dado, así como los derechos y deberes del ciudadano en los distintos sistemas políticos. Pone particular interés en la justicia como equilibro entre derechos y cargas sociales, e investiga la cuestión de si la justicia social es una meta alcanzable o un espejismo.
Una filosofía política amplia reconocerá que la política no se limita a la lucha por el poder, sino que incluye la gobernanza y los problemas técnicos y políticos que ésta plantea. En particular, el filósofo político a tono con su tiempo indaga la posibilidad de la gobernanza científica, o sea, planeada y ejecutada a la luz de las ciencias sociales antes que de la oportunidad política del momento.
En particular, el filósofo político debe reconocer que la protección del medio ambiente requiere medidas que limiten la propiedad privada y, por lo tanto, susciten la resistencia de quienes la poseen. Y debe saber que la Revolución Verde y, en general, el uso de organismos modificados genéticamente, aumenta tanto el rendimiento de las cosechas como las diferencias entre las empresas agrícolas y los campesinos pobres. O sea: el filósofo político tendrá que examinar los efectos de todo tipo que causen los insumos científicos y tecnológicos al Estado.
Si el filósofo político es favorable a la mejora de la calidad de vida, deberá empezar por averiguar cómo se la mide. Si un economista le dice que la mejor tabla de medida es el Producto Bruto Interno, un socioeconomista le informará que la riqueza total no basta, que también hay que saber cómo se distribuye, ya que hay naciones, tales como Arabia Saudita, que tienen un enorme PBI, pero donde la mayoría vive mal, y hay otras, como Costa Rica, donde son pobres, pero donde la gente vive mucho mejor y más.
Por este motivo, las Naciones Unidas propusieron medir la calidad de vida por el índice de desarrollo humano, que promedia tres variables: salud, ingreso per cápita y educación.
Pero aquí faltan dos variables: desigualdad de ingresos y sostenibilidad ecosocial. La sostenibilidad importa si se admite que somos responsables de nuestra descendencia. Y la desigualdad también importa porque, cuando es pronunciada, es causa de conflictos sociales y daña la salud aún más que la pobreza absoluta. Por este motivo, es preciso ampliar el índice de la ONU agregándole indicadores de desigualdad y de sostenibilidad.
A este índice ampliado me refiero en el libro Filosofía política (Gedisa, 2009), donde examino también la posibilidad de ampliar la democracia del terreno político a los demás terrenos pertinentes: la administración de la riqueza, el entorno natural y la cultura. Vuelvo a sugerir, como hace dos décadas -en el octavo tomo de Tratado de filosofía - una alternativa tanto al capitalismo en crisis como al socialismo dictatorial. Esa alternativa es la democracia integral: igualdad de acceso a las riquezas naturales, igualdad de sexos y razas, igualdad de oportunidades económicas y culturales y participación popular en la gerencia de los bienes comunes.
En definitiva: la filosofía política no es un lujo, sino una necesidad, ya que se la necesita para entender la actualidad política y, sobre todo, para pensar un futuro mejor. Pero para que preste semejante servicio la filosofía política deberá formar parte de un sistema coherente al que también pertenezcan una teoría realista del conocimiento, una ética humanista y una visión del mundo acorde con la ciencia y la técnica contemporáneas.
La sociedad moderna es demasiado complicada y frágil para que siga en manos de políticos ignorantes de las ciencias sociales y secuaces de filosofías políticas apolilladas.
El autor es profesor de Filosofía en la Universidad McGill, Montreal.
domingo, 24 de mayo de 2009
SER ALFONSINISTA
Fue allá por septiembre de 1982. Era una noche de viernes en el porteño barrio de Mataderos. Si mal no recuerdo fue en la puerta del local que conducía el ex diputado nacional, hoy fallecido, Liborio Pupillo en la calle Larrazábal.
Fue el primer acto público en que vi en vivo un discurso de Raúl Ricardo Alfonsín.
Lo recuerdo como un hito muy importante en mi vida. Luego de tanto escarnio, muerte, humillación y violación sistemática de la condición humana; escuchaba a alguien hablar de libertad, derechos humanos, democracia, dignidad, ética, solidaridad, respeto.
Para mí era algo mágico, alucinante, sensible, revelador. Eran palabras que mi espíritu joven necesitaba escuchar, interiorizar, atesorar.
Me conmovía hasta las lágrimas, esa oratoria libertaria, entrañable, cargada de esperanza y horizontes de paz.
Solo en mi búsqueda, lo empecé a seguir cada vez que me enteraba que hablaba en la Capital o en algún lugar del Gran Buenos Aires. Cada acto me regocijaba un poquito más el espíritu. Abría mi mente hacia lugares iluminados, transparentes, creativos, felizmente desconocidos.
Luego de un par de meses ya no estaba solo: amigos, novia, conocidos y parientes me empezaron a acompañar a escuchar a Raúl. Ya hasta nos parecía uno de nosotros.
Su figura crecía y mi fascinación se acrecentaba a la par. Los primeros actos fueron inolvidables. No más de cincuenta o sesenta personas rodeando una pequeña tribuna barrial. Nos daba la indeleble imagen de que el discurso era casi de entrecasa, personal, de Raúl a cada uno de nosotros.
Luego lo cosa fue creciendo, apareció la liturgia radical y los actos se despersonalizaron, se masificaron, se hicieron multitudinarios, pero sin perder la mística; cargados de la pasión y el calor que Alfonsín trasmitía con su sola presencia. Él fue la humanización de la palabra expresada desde una tribuna popular.
Conocida su muerte, mis hijos me veían llorar, y creo que no entendían muy bien cómo podía lamentar tanto a alguien que no me unía una relación de amistad estrecha o parentesco directo. Lo que ellos no llegaban a comprender es que los que lo tuvimos a Alfonsín como modelo de vida, él nos cambió la existencia.
Sin ninguna duda marcó, por lo menos para mí, un antes y un después. Y sé que no sólo en mi caso fue tan trascendente, conozco a algunas personas que el haberlo escuchado en algún acto de esa época hasta los ayudó a salir de algunas adicciones. Para todos Alfonsín fue alguien providencial.
Me impresionó ver en su funeral a dirigentes que se “volvieron a humanizar” ante tan irremplazable pérdida. Sólo un líder de su dimensión puede lograr estos “milagros” partidarios.
Enrique Nosiglia dijo, en uno de los discursos en la Recoleta, que al lado de él habían aprendido a ser mejores personas. No tengo dudas que así fue.
Entre tanta tristeza algún desubicado me quiso cuestionar a Alfonsín por tal o cual error político cometido, y simplemente le expliqué que yo admiraba a Raúl Ricardo Alfonsín porque lo consideraba, fundamentalmente, una persona con una elevada condición espiritual. El mejor de una generación, como bien lo expresó el presidente de nuestra Honorable Convención Nacional, Hipólito Solari Yrigoyen.
Le dije que para mí el ex presidente trascendía con creces su estatura política, que en mi opinión era inmensa, porque se había convertido en un referente humano, lo que era mucho más importante.
Él fue una esperanza real para los que pensamos que la política es una de las herramientas más formidables que nos dio la creación del hombre para servir al pueblo, para elevar, y enaltecer, la condición humana.
Los que empezamos a militar en este centenario partido de la mano de su calidez y por admiración a sus dotes políticas, y sobre todo personales, nos fuimos convirtiendo por convicción en radicales, pero nunca renunciamos a ser alfonsinistas.
Yo tuve la oportunidad de haber estado en el sepelio de Perón. Sobre esa misma calle Callao observé algo que los diferenció. La cureña que transportó al General, marchó sin impedimentos por el asfalto de esa avenida, con su pueblo que lo despedía tras las vallas que ponían límites junto al cordón de la vereda.
La que transportó a Alfonsín venía más lenta, avanzaba con más dificultades…….el pueblo caminaba a su lado. A Raúl nadie lo siguió, su pueblo lo acompañó hacia su descanso en paz.
Fue el primer acto público en que vi en vivo un discurso de Raúl Ricardo Alfonsín.
Lo recuerdo como un hito muy importante en mi vida. Luego de tanto escarnio, muerte, humillación y violación sistemática de la condición humana; escuchaba a alguien hablar de libertad, derechos humanos, democracia, dignidad, ética, solidaridad, respeto.
Para mí era algo mágico, alucinante, sensible, revelador. Eran palabras que mi espíritu joven necesitaba escuchar, interiorizar, atesorar.
Me conmovía hasta las lágrimas, esa oratoria libertaria, entrañable, cargada de esperanza y horizontes de paz.
Solo en mi búsqueda, lo empecé a seguir cada vez que me enteraba que hablaba en la Capital o en algún lugar del Gran Buenos Aires. Cada acto me regocijaba un poquito más el espíritu. Abría mi mente hacia lugares iluminados, transparentes, creativos, felizmente desconocidos.
Luego de un par de meses ya no estaba solo: amigos, novia, conocidos y parientes me empezaron a acompañar a escuchar a Raúl. Ya hasta nos parecía uno de nosotros.
Su figura crecía y mi fascinación se acrecentaba a la par. Los primeros actos fueron inolvidables. No más de cincuenta o sesenta personas rodeando una pequeña tribuna barrial. Nos daba la indeleble imagen de que el discurso era casi de entrecasa, personal, de Raúl a cada uno de nosotros.
Luego lo cosa fue creciendo, apareció la liturgia radical y los actos se despersonalizaron, se masificaron, se hicieron multitudinarios, pero sin perder la mística; cargados de la pasión y el calor que Alfonsín trasmitía con su sola presencia. Él fue la humanización de la palabra expresada desde una tribuna popular.
Conocida su muerte, mis hijos me veían llorar, y creo que no entendían muy bien cómo podía lamentar tanto a alguien que no me unía una relación de amistad estrecha o parentesco directo. Lo que ellos no llegaban a comprender es que los que lo tuvimos a Alfonsín como modelo de vida, él nos cambió la existencia.
Sin ninguna duda marcó, por lo menos para mí, un antes y un después. Y sé que no sólo en mi caso fue tan trascendente, conozco a algunas personas que el haberlo escuchado en algún acto de esa época hasta los ayudó a salir de algunas adicciones. Para todos Alfonsín fue alguien providencial.
Me impresionó ver en su funeral a dirigentes que se “volvieron a humanizar” ante tan irremplazable pérdida. Sólo un líder de su dimensión puede lograr estos “milagros” partidarios.
Enrique Nosiglia dijo, en uno de los discursos en la Recoleta, que al lado de él habían aprendido a ser mejores personas. No tengo dudas que así fue.
Entre tanta tristeza algún desubicado me quiso cuestionar a Alfonsín por tal o cual error político cometido, y simplemente le expliqué que yo admiraba a Raúl Ricardo Alfonsín porque lo consideraba, fundamentalmente, una persona con una elevada condición espiritual. El mejor de una generación, como bien lo expresó el presidente de nuestra Honorable Convención Nacional, Hipólito Solari Yrigoyen.
Le dije que para mí el ex presidente trascendía con creces su estatura política, que en mi opinión era inmensa, porque se había convertido en un referente humano, lo que era mucho más importante.
Él fue una esperanza real para los que pensamos que la política es una de las herramientas más formidables que nos dio la creación del hombre para servir al pueblo, para elevar, y enaltecer, la condición humana.
Los que empezamos a militar en este centenario partido de la mano de su calidez y por admiración a sus dotes políticas, y sobre todo personales, nos fuimos convirtiendo por convicción en radicales, pero nunca renunciamos a ser alfonsinistas.
Yo tuve la oportunidad de haber estado en el sepelio de Perón. Sobre esa misma calle Callao observé algo que los diferenció. La cureña que transportó al General, marchó sin impedimentos por el asfalto de esa avenida, con su pueblo que lo despedía tras las vallas que ponían límites junto al cordón de la vereda.
La que transportó a Alfonsín venía más lenta, avanzaba con más dificultades…….el pueblo caminaba a su lado. A Raúl nadie lo siguió, su pueblo lo acompañó hacia su descanso en paz.
martes, 17 de marzo de 2009
LAS DIFERENCIAS IDEOLÓGICAS ENTRE EL RADICALISMO Y EL PERONISMO PARTE II
Caiga quién caiga
Es un excelente momento para volver sobre el tema.
La crisis económica que aqueja al planeta está poniendo en evidencia cuán autoritarios, y lo que es más grave irresponsables, pueden ser los peronistas en el poder.
Si uno escucha a cualquiera de los líderes sindicales peronistas, que son la mayoría, va encontrarse con este discurso: “Primero la Patria, después el movimiento y por último los hombres”. Es decir que para ellos el Hombre es el último que tiene que beneficiarse con las políticas sindicales, sociales, de gobierno o de Estado.
Hoy esto que parece algo banal, lo vemos claramente reflejado en sus acciones de gobierno.
Si hay que mentir con los datos del INDEC no hay que dudar un minuto, más allá del descrédito internacional y la burla al pueblo que esta desnaturalización conlleva.
Si lo que se necesita es avanzar sobre los fondos de la ANSES porque el país no tiene acceso al crédito internacional, no hay que titubear un segundo, los ahorros de los jubilados que se hubieran podido usar, por ejemplo, para darles un haber digno, los usan para otros propósitos.
Si hay que cambiar las fechas de las elecciones nacionales, más allá de que es una práctica muy común de todos los que están y estuvieron en el poder en la Argentina, para sacar alguna ventaja partidaria, hagámoslo sin vacilar.
Si lo que se necesita es volar una ciudad para encubrir una prueba por el delito de vender armas a un país latinoamericano como Ecuador, perjudicando a otro país con altas relaciones de hermandad histórica como Perú, hay que hacerlo sin pensar un segundo. Agravado todo porque la Argentina era garante de la paz entre estas dos naciones.
Si las pruebas de los atentados contra la embajada de Israel y la AMIA, donde murieron cientos de personas, hay que borrarlas con la mayor impunidad y sin ningún miramiento ético, es necesario hacerlo por cuestiones de Estado.
Si lo que se necesita es comprar periodistas, medios gráficos, televisivos, radiales o del género que sea para tener menos críticas que mellen el poder, no hay que tener ningún escrúpulo al respecto. Y si hay que cerrarlo, como en los primeros gobiernos peronistas, también vale.
Podríamos escribir un libro con hechos políticos e históricos que relatan la falta total de escrúpulos con que el oficialismo peronista se manejó, y se maneja, en el poder.
La raíz ideológica hegeliana como punto de partida
Esta forma de accionar política sin ninguna duda está fuertemente sostenida, por no decir totalmente sostenida, por el sustento hegeliano que tiene ideológicamente el peronismo.
Releyendo un viejo libro, El Mito del Estado de Ernst Cassirer, donde el autor habla de la influencia de Hegel en el pensamiento político moderno, Cassirer describe con una gran erudición lo nefasto que fue este filósofo para el pueblo que tuvo que sufrir las consecuencias de su pensamiento puesto en acción.
Dí con este libro porque, en mi curiosidad por bucear en el pensamiento de nuestros grandes hombres; sé que Don Arturo Illia lo tenía como uno de sus libros de cabecera y lo leía y releía. Si la Argentina tuvo un gobernante que fue democrático y republicano, ese fue Don Arturo, que transcurrido más de un cuarto de siglo de fallecido, nos sigue iluminando hasta con sus viejas lecturas.
Dice Cassirer de Hegel: “Era un conservador que defendía el poder de la tradición […] No reconoce otro orden ético por encima del que aparece en la costumbre”
Los liberales alemanes consideraban el sistema hegeliano como el más firme baluarte de la reacción política.
Schopenhauer, su opuesto filosófico, veía al sistema metafísico hegeliano como algo indigno y totalmente falto de escrúpulos.
Hegel rechazaba todo ideal “humanitario”, para él no había actos “egoístas y actos “altruistas” sólo era importante el interés personal, fue el antecesor de Nietzche en todo lo que se llamó teorizar sobre “inmoralismo”.
No lo asustaba el sacro egoísmo, concepto que desarrolló con fina agudeza, y que luego fue tan decisivo y desastroso en la vida política moderna.
Desarrolló un culto al héroe, muy relacionado con el culto al Estado, donde el héroe tenía que tener como única virtud el lograr, y mantener, el poder. Su egoísmo, egocentrismo y carencia de escrúpulos eran los motores de la historia.
La psicopatía que sufrían muchos de los dictadores que sometieron a la humanidad, era cosa de, según Hegel dice en su Filosofía del Derecho: “[…] psicólogos lacayos, para quienes ningún hombre es héroe, y no porque no haya héroes, sino porque ellos mismos no son más que lacayos”.
Los líderes peronistas desde Perón a Kirchner, dan cuenta exacta sobre el culto al héroe que Hegel pergeñó.
He conocido a militantes peronistas que tenían grupos de estudio, donde docentes universitarios de filosofía leían a Hegel traduciéndolo directamente del alemán.
Nuestra señora Presidente de la Nación declaró en un congreso de filosofía que ella abrazaba la filosofía hegeliana, a pesar que el filósofo alemán había tratado muy mal a las mujeres en sus escritos.
Pero no sólo el peronismo abrevó en Hegel, grupos de nuestra más alta estirpe conservadora se relacionaron con reuniones donde se analizaba, y estudiaba en profundidad, el pensamiento hegeliano. Muchos de los más conspicuos dirigentes de la desaparecida UCéDe (Unión del Centro Democrático), con la ingeniera María Julia Alsogaray a la cabeza, fueron partícipes de aquellos encuentros.
Caiga quién caiga
Es un excelente momento para volver sobre el tema.
La crisis económica que aqueja al planeta está poniendo en evidencia cuán autoritarios, y lo que es más grave irresponsables, pueden ser los peronistas en el poder.
Si uno escucha a cualquiera de los líderes sindicales peronistas, que son la mayoría, va encontrarse con este discurso: “Primero la Patria, después el movimiento y por último los hombres”. Es decir que para ellos el Hombre es el último que tiene que beneficiarse con las políticas sindicales, sociales, de gobierno o de Estado.
Hoy esto que parece algo banal, lo vemos claramente reflejado en sus acciones de gobierno.
Si hay que mentir con los datos del INDEC no hay que dudar un minuto, más allá del descrédito internacional y la burla al pueblo que esta desnaturalización conlleva.
Si lo que se necesita es avanzar sobre los fondos de la ANSES porque el país no tiene acceso al crédito internacional, no hay que titubear un segundo, los ahorros de los jubilados que se hubieran podido usar, por ejemplo, para darles un haber digno, los usan para otros propósitos.
Si hay que cambiar las fechas de las elecciones nacionales, más allá de que es una práctica muy común de todos los que están y estuvieron en el poder en la Argentina, para sacar alguna ventaja partidaria, hagámoslo sin vacilar.
Si lo que se necesita es volar una ciudad para encubrir una prueba por el delito de vender armas a un país latinoamericano como Ecuador, perjudicando a otro país con altas relaciones de hermandad histórica como Perú, hay que hacerlo sin pensar un segundo. Agravado todo porque la Argentina era garante de la paz entre estas dos naciones.
Si las pruebas de los atentados contra la embajada de Israel y la AMIA, donde murieron cientos de personas, hay que borrarlas con la mayor impunidad y sin ningún miramiento ético, es necesario hacerlo por cuestiones de Estado.
Si lo que se necesita es comprar periodistas, medios gráficos, televisivos, radiales o del género que sea para tener menos críticas que mellen el poder, no hay que tener ningún escrúpulo al respecto. Y si hay que cerrarlo, como en los primeros gobiernos peronistas, también vale.
Podríamos escribir un libro con hechos políticos e históricos que relatan la falta total de escrúpulos con que el oficialismo peronista se manejó, y se maneja, en el poder.
La raíz ideológica hegeliana como punto de partida
Esta forma de accionar política sin ninguna duda está fuertemente sostenida, por no decir totalmente sostenida, por el sustento hegeliano que tiene ideológicamente el peronismo.
Releyendo un viejo libro, El Mito del Estado de Ernst Cassirer, donde el autor habla de la influencia de Hegel en el pensamiento político moderno, Cassirer describe con una gran erudición lo nefasto que fue este filósofo para el pueblo que tuvo que sufrir las consecuencias de su pensamiento puesto en acción.
Dí con este libro porque, en mi curiosidad por bucear en el pensamiento de nuestros grandes hombres; sé que Don Arturo Illia lo tenía como uno de sus libros de cabecera y lo leía y releía. Si la Argentina tuvo un gobernante que fue democrático y republicano, ese fue Don Arturo, que transcurrido más de un cuarto de siglo de fallecido, nos sigue iluminando hasta con sus viejas lecturas.
Dice Cassirer de Hegel: “Era un conservador que defendía el poder de la tradición […] No reconoce otro orden ético por encima del que aparece en la costumbre”
Los liberales alemanes consideraban el sistema hegeliano como el más firme baluarte de la reacción política.
Schopenhauer, su opuesto filosófico, veía al sistema metafísico hegeliano como algo indigno y totalmente falto de escrúpulos.
Hegel rechazaba todo ideal “humanitario”, para él no había actos “egoístas y actos “altruistas” sólo era importante el interés personal, fue el antecesor de Nietzche en todo lo que se llamó teorizar sobre “inmoralismo”.
No lo asustaba el sacro egoísmo, concepto que desarrolló con fina agudeza, y que luego fue tan decisivo y desastroso en la vida política moderna.
Desarrolló un culto al héroe, muy relacionado con el culto al Estado, donde el héroe tenía que tener como única virtud el lograr, y mantener, el poder. Su egoísmo, egocentrismo y carencia de escrúpulos eran los motores de la historia.
La psicopatía que sufrían muchos de los dictadores que sometieron a la humanidad, era cosa de, según Hegel dice en su Filosofía del Derecho: “[…] psicólogos lacayos, para quienes ningún hombre es héroe, y no porque no haya héroes, sino porque ellos mismos no son más que lacayos”.
Los líderes peronistas desde Perón a Kirchner, dan cuenta exacta sobre el culto al héroe que Hegel pergeñó.
He conocido a militantes peronistas que tenían grupos de estudio, donde docentes universitarios de filosofía leían a Hegel traduciéndolo directamente del alemán.
Nuestra señora Presidente de la Nación declaró en un congreso de filosofía que ella abrazaba la filosofía hegeliana, a pesar que el filósofo alemán había tratado muy mal a las mujeres en sus escritos.
Pero no sólo el peronismo abrevó en Hegel, grupos de nuestra más alta estirpe conservadora se relacionaron con reuniones donde se analizaba, y estudiaba en profundidad, el pensamiento hegeliano. Muchos de los más conspicuos dirigentes de la desaparecida UCéDe (Unión del Centro Democrático), con la ingeniera María Julia Alsogaray a la cabeza, fueron partícipes de aquellos encuentros.
miércoles, 10 de diciembre de 2008
EL HOMBRE DE LA DEMOCRACIA
EL HOMBRE DE LA DEMOCRACIA
Hoy es un un día muy particular para los que abrazamos una Causa. Hoy hace 25 años atrás un político radical retomaba la conducción del gobierno de la República Argentina elegido por el voto popular.
Ese hombre hizo un cambio cultural fenomenal en nuestra cultura nacional, ese cambio fue un salto cualitativo que nos permitió caminar por un estado que no lo teníamos internalizado los argentinos, que era nada más ni nada menos que el Estado de Derecho.
La Causa que fue la razón de ser de su partido y de su vida, se llamó Democracia.
Hoy, ya transcurrido un cuarto de siglo, Democracia es sinónimo de Raúl Ricardo Alfonsín.
El Alfonsín militante
Alguna vez, allá al principio de la década del ´90 del pasado siglo, charlando con quién fue uno de los dirigentes más conspícuos del entonces denominado Partido Socialista Democrático de la Capital Federal, hoy Partido Socialista, el ex diputado Norberto Laporta me relataba: “Cuando transitábamos las épocas difíciles de la feroz dictadura del Proceso de Reorganización Nacional y los militantes de todos los partidos caíamos presos, era Raúl Alfonsín uno de los pocos que nos redactaba un “Habeas Corpus” y lo firmaba. Uno le puede objetar algunas decisiones de gobierno que tomó, pero nunca nos podemos olvidar del coraje cívico y hombría de bien que demostró Raúl en esos años terribles”
Corría el año 1980, la dictadura todavía estaba con su poder intacto y el terror guardaba a la mayoría de los políticos en el exilio o al calor del pasar desapercibido, del esconderse en un voluntario anonimato que les salvara el pellejo.
Raúl viajaba a cuanto congreso de ciencias políticas se celebrara en el exterior para incrementar su capital cultural, y caminaba por su país buscando una salida hacia la democracia, lo que parecía una utopía inalcanzable.
Unos correligionarios de la zona de Moreno en la provincia de Buenos Aires lo tientan con un acto clandestino en una estación siguiente a la de Moreno llamada La Reja.
El acto estaba pactado para el mediodía de un domingo de enero de ese lejano 1980. Las doscientas o trescientas personas que esperaban al orador principal se impacientaban porque el mismo no llegaba. Demás está decir que no había forma de comunicarse con él, así que había que esperar.
Pasada casi una hora de la determinada para el acto, ven en la calle que corre al costado de las vías del ferrocarril, allá a lo lejos, a dos personas que venían caminando hacia el lugar. El calor era agobiante y a medida que se acercaban los fueron identificando.
Raúl Alfonsín se había tomado el tren desde Chascomús hasta Constitución, de ahí un colectivo hasta la estación de Once, el tren hasta Moreno y como perdieron el transbordo que los dejaba en La Reja, y si esperaban el próximo la tardanza iba a ser mayor, entonces caminaron los cuatro o cinco kilómetros que separan Moreno de La Reja.
Vestido de saco y corbata dió su discurso en ese acto clandestino al que tanto le había costado llegar. Es digno también destacar a quién lo acompañaba, pero en verdad desconozco su nombre.
En anteriores dictaduras fueron memorables sus actos relámpago en pleno centro de la ciudad de La Plata para luego salir corriendo o, como el 2 de abril de 1968, terminar preso en una comisaría de la ciudad capital de la Provincia de Bs. As.
El periodista Fernando R. Pieske en su libro “El Hombre de Prensa”, que relata la vida de Alfonsín como periodista, rescata el siguiente diálogo, en un viaje de Chascomús a La Plata para realizar uno de esos actos clandestinos entre Alfonsín y un colaborador del diario El Imparcial de su ciudad natal. Le dijo a Jorge Nimo:
“Que nos lleven detenidos es una posibilidfad, así que vos, Jorge, tratá de mantenerte a distancia. Al acto lo vamos a hacer, pero alguno –agregó- tiene que seguir atendiendo el escritorio… después de todo de algo hay que vivir…”
Acompañó a los jóvenes radicales en situaciones muy complejas como cuando tuvo que hacerse cargo de los entierros de los militantes radicales Sergio Karakachoff y el ex diputado nacional Mario Abel Amaya.
Desde la revista Enédito, donde escribía con el apodo de Alfonso Carrido Lura, criticó una y otra vez a los gobiernos autocráticos desde 1966 a 1973.
Es uno de los últimos políticos que reinvidicó a los filósofos y pensadores que le dan sustancia noble a este duro arte de hacer política, tan pragmático por cierto y tan pobre de ideas en estos últimos largos años.
Puso en gran parte de sus discursos ese acento krausista que otros grandes políticos latinoamericanos y europeos todavía hoy lo contienen en sus expresiones públicas.
Es el único político que todavía sigue escribiendo, que ha presentado no menos de cuatro o cinco libros de pensamiento doctrinario en la última década. Los demás parece que, salvo algún relato de su gestión, no elucubran muchas ideas.
Hoy es un un día muy particular para los que abrazamos una Causa. Hoy hace 25 años atrás un político radical retomaba la conducción del gobierno de la República Argentina elegido por el voto popular.
Ese hombre hizo un cambio cultural fenomenal en nuestra cultura nacional, ese cambio fue un salto cualitativo que nos permitió caminar por un estado que no lo teníamos internalizado los argentinos, que era nada más ni nada menos que el Estado de Derecho.
La Causa que fue la razón de ser de su partido y de su vida, se llamó Democracia.
Hoy, ya transcurrido un cuarto de siglo, Democracia es sinónimo de Raúl Ricardo Alfonsín.
El Alfonsín militante
Alguna vez, allá al principio de la década del ´90 del pasado siglo, charlando con quién fue uno de los dirigentes más conspícuos del entonces denominado Partido Socialista Democrático de la Capital Federal, hoy Partido Socialista, el ex diputado Norberto Laporta me relataba: “Cuando transitábamos las épocas difíciles de la feroz dictadura del Proceso de Reorganización Nacional y los militantes de todos los partidos caíamos presos, era Raúl Alfonsín uno de los pocos que nos redactaba un “Habeas Corpus” y lo firmaba. Uno le puede objetar algunas decisiones de gobierno que tomó, pero nunca nos podemos olvidar del coraje cívico y hombría de bien que demostró Raúl en esos años terribles”
Corría el año 1980, la dictadura todavía estaba con su poder intacto y el terror guardaba a la mayoría de los políticos en el exilio o al calor del pasar desapercibido, del esconderse en un voluntario anonimato que les salvara el pellejo.
Raúl viajaba a cuanto congreso de ciencias políticas se celebrara en el exterior para incrementar su capital cultural, y caminaba por su país buscando una salida hacia la democracia, lo que parecía una utopía inalcanzable.
Unos correligionarios de la zona de Moreno en la provincia de Buenos Aires lo tientan con un acto clandestino en una estación siguiente a la de Moreno llamada La Reja.
El acto estaba pactado para el mediodía de un domingo de enero de ese lejano 1980. Las doscientas o trescientas personas que esperaban al orador principal se impacientaban porque el mismo no llegaba. Demás está decir que no había forma de comunicarse con él, así que había que esperar.
Pasada casi una hora de la determinada para el acto, ven en la calle que corre al costado de las vías del ferrocarril, allá a lo lejos, a dos personas que venían caminando hacia el lugar. El calor era agobiante y a medida que se acercaban los fueron identificando.
Raúl Alfonsín se había tomado el tren desde Chascomús hasta Constitución, de ahí un colectivo hasta la estación de Once, el tren hasta Moreno y como perdieron el transbordo que los dejaba en La Reja, y si esperaban el próximo la tardanza iba a ser mayor, entonces caminaron los cuatro o cinco kilómetros que separan Moreno de La Reja.
Vestido de saco y corbata dió su discurso en ese acto clandestino al que tanto le había costado llegar. Es digno también destacar a quién lo acompañaba, pero en verdad desconozco su nombre.
En anteriores dictaduras fueron memorables sus actos relámpago en pleno centro de la ciudad de La Plata para luego salir corriendo o, como el 2 de abril de 1968, terminar preso en una comisaría de la ciudad capital de la Provincia de Bs. As.
El periodista Fernando R. Pieske en su libro “El Hombre de Prensa”, que relata la vida de Alfonsín como periodista, rescata el siguiente diálogo, en un viaje de Chascomús a La Plata para realizar uno de esos actos clandestinos entre Alfonsín y un colaborador del diario El Imparcial de su ciudad natal. Le dijo a Jorge Nimo:
“Que nos lleven detenidos es una posibilidfad, así que vos, Jorge, tratá de mantenerte a distancia. Al acto lo vamos a hacer, pero alguno –agregó- tiene que seguir atendiendo el escritorio… después de todo de algo hay que vivir…”
Acompañó a los jóvenes radicales en situaciones muy complejas como cuando tuvo que hacerse cargo de los entierros de los militantes radicales Sergio Karakachoff y el ex diputado nacional Mario Abel Amaya.
Desde la revista Enédito, donde escribía con el apodo de Alfonso Carrido Lura, criticó una y otra vez a los gobiernos autocráticos desde 1966 a 1973.
Es uno de los últimos políticos que reinvidicó a los filósofos y pensadores que le dan sustancia noble a este duro arte de hacer política, tan pragmático por cierto y tan pobre de ideas en estos últimos largos años.
Puso en gran parte de sus discursos ese acento krausista que otros grandes políticos latinoamericanos y europeos todavía hoy lo contienen en sus expresiones públicas.
Es el único político que todavía sigue escribiendo, que ha presentado no menos de cuatro o cinco libros de pensamiento doctrinario en la última década. Los demás parece que, salvo algún relato de su gestión, no elucubran muchas ideas.
lunes, 22 de septiembre de 2008
LAS DIFERENCIAS IDEOLÓGICAS ENTRE EL RADICALISMO Y EL PERONISMO PARTE I
LAS DIFERENCIAS IDEOLÓGICAS ENTRE EL RADICALISMO Y EL PERONISMO
PARTE I
Producido por Marcelo Luis Tassara
No tengo dudas que es uno de los temas que ineludiblemente tenemos que abordar si queremos realmente llevar adelante la recuperación de la Unión Cívica Radical.
Con bastante preocupación, en innumerables diálogos con militantes radicales llevados a cabo en los últimos años, salvo contadas excepciones, no he escuchado argumentos mínimamente fundados sobre cuales son las diferencias de pensamiento que nos separan del peronismo.
Tener que luchar contra tamaña fuerza movimientista sin tener en claro esto, es como ir a una guerra de última tecnología muñido de un arco y una flecha.
No tengo dudas que es una de las principales causas por las cuales de los veinticinco años de democracia que estamos por cumplir, diez y ocho el peronismo estuvo, y está, en el poder. El no contar con una militancia activa que pueda marcar elocuentemente las diferencias que nos separan de la doctrina justicialista, es una carencia determinante para el logro de un discurso opositor coherente y creíble. Siendo éste el primer paso que nos calificará para ser una ser una opción válida que nos permita retornar al poder.
No voy a hacer un estudio científico de tan vasto y complejo tema, me llevaría mucho tiempo y estoy convencido que desde la experiencia militante, y alguna que otra lectura, puedo hacer un aporte útil y necesario.
Ideas preliminares
Es común escuchar en el pensamiento del hombre común que el radicalismo y el peronismo son la misma cosa salvo que, puestos a gobernar, éstos saben hacerlo y nosotros no.
Que el peronismo sabe ejercer el poder y los radicales somos unos inútiles, que nunca hicimos nada cuando nos tocó gobernar.
Como toda aseveración popular esta ineptitud que nos endilgaron tiene algunos argumentos que son veraces y otros, en mi opinión un porcentaje muy alto, que son totalmente falaces, equivocados y hasta mal intencionados.
Esta creencia, sumada a dos gobiernos radicales que no terminaron su mandato –más allá de las razones que produjeron sus caídas-, hizo que ocurriera un hecho determinante para nuestro futuro como Nación, perdimos la batalla cultural. Nuestras ideas, nuestra visión de la vida, las instituciones, la cultura, la educación, la ciencia, el Estado, etc. fue dejada de lado por el pueblo argentino.
Hubo varias agrupaciones políticas que intentaron rescatar nuestro ideario, pero los fracasos y la falta de proyección nacional fue el resultado. Tal vez haga falta más tiempo y algunas de las hoy vigentes lo logren, pero hoy estamos en un período de transición.
El peronismo tiene una base electoral que ronda el cuarenta por ciento del electorado y un diez por ciento de votantes que según sus intereses particulares y corporativos le da su voto. Haciendo una interpretación muy simple, esto es el fiel reflejo de lo que los politólogos y cientistas sociales denominan POPULISMO. El voto de los más necesitados, cautivo del peronismo, sumado al diez por ciento de los más pudientes.
El voto de la otra mitad, el más difícil de conseguir, está atomizado en decenas de fórmulas poco serias y definitivamente oportunistas en su gran mayoría.
La derrota cultural, y política por supuesto, es tan profunda que uno de nuestros historiadores más conspicuos, de renombre internacional, como es Tulio Halperín Donghi aseverara:
“Ya me acostumbré a la idea de que la Argentina es peronista”
No intento en estos escritos el buscar culpables dentro de nuestro partido, en cuanto a que cuando se llega a una situación así, no sólo en política si no en toda actividad humana, las acciones propias, sin ninguna duda, estuvieron teñidas de errores, de malas interpretaciones, de discursos y conductas equivocadas.
Pero para intentar cambios alguna mención, sin dar nombres, voy a hacer. Si no es mucho más difícil encontrar la senda de la recuperación del partido.
En algún acto allá por mediados de los ochenta, se dijo que había “que peronizar el radicalismo”, lamentablemente estas palabras tuvieron una fuerza incontenible. La eficiencia con que lo hicimos fue magistral.
Tan determinante fue esta “peronización” que el pueblo no nos diferenció más. Ya lo he expresado en párrafos anteriores y en otros escritos preliminares con un poco más de precisión.
Copiamos todo lo malo del peronismo, pero nada de lo bueno. Su solidaridad para con el compañero, su espíritu de cuerpo usado en pos del bien común y el bienestar general, la mano extendida para ayudar al que está pasando un mal momento, etc., etc.
Sí copiamos: el manejo autoritario del poder, el espíritu faccioso (sumado a que ellos sólo lo ejercen para afuera, contra el adversario político, no con el correligionario-compañero), el desmembrarse con sesgo movimientista para ocupar espacios en cualquier lugar con tal de estar y cobrar un sueldo, la competencia en elecciones internas donde sólo se disputan cargos sin discutir ideas, modelos o proyectos diferentes, el hacer campañas sin contenido programático no proponiéndole al votante absolutamente nada, el continuar desde el gobierno modelos económicos ultraconservadores que nos condujeron al caos, etc.
Estos errores tuvieron que ver también con la importación de ideas pseudonovedosas de las socialdemocracias europeas, imposibles de adaptar a la cultura y nivel de desarrollo humano que tenemos en la Argentina. Además de dejar de lado, por pereza o desconocimiento, ideas pergeñadas por pensadores radicales que son muchos más adaptables a nuestra idiosincrasia, y políticamente mucho más democráticas y progresistas, que las mal copiadas por algunos intelectuales y cientistas políticos que poco tienen que ver con el radicalismo. Para dar un ejemplo concreto: Yrigoyen, Sabattini, Lebensohn, Balbín e Illia ya hablaban de democracia social hace muchas décadas atrás.
No se es un genio o un gran intelectual por invertir los términos y decir socialdemocracia.
Además Yrigoyen, Illia y el mismo Alvear, transformaron a la democracia social en algo concreto, tangible, de la mano de sus acciones de gobierno y sus conductas personales. No se quedaron sólo en la declamación discursiva o vacía de contenido.
Este fenómeno de la importación de ideas muy poco aplicables a la realidad nacional y a la doctrina radical, está íntimamente relacionado con las mentes colonizadas que, en general, exhiben nuestros líderes partidarios responsables de las grandes decisiones. Éstos son poco afectos a la lectura y el estudio, sobre todo del pensamiento radical, y están alejados de la militancia al lado del pueblo. Para colmo se rodean de tecnócratas que les venden ideas de actualidad que poco tiene que ver con nuestra doctrina y, lo que es más grave aún, con nuestra forma de vida y con nuestra cultura. Este alejamiento de los problemas del hombre común los deslegitima absolutamente como dirigentes.
Los técnicos (sociólogos, politólogos, economistas, etc.) tiene que apoyar a los políticos –son muy útiles y necesarios-, pero somos nosotros los responsables de delinear el ideario partidario, así como las políticas públicas que van a incidir sobre el bienestar del ciudadano.
No estoy cerrado al advenimiento de nuevas ideas, por favor no lo interpreten así, pero éstas hay que debatirlas y ponerlas al alcance de los militantes en reuniones de comités, convenciones provinciales, nacionales; así como en los plenarios de todos los comités distritales, para seleccionar y discernir cuales se adaptan al radicalismo y cuales no.
¿Cuántos años hace que no tenemos debates de este tipo?
Un partido político sin debate es una entelequia, una organización vacía de contenido, algo que no existe, la creación de algún interés trasnochado.
Don Hipólito Yrigoyen, al que muy pocos correligionarios conocen con algo de profundidad, tenía una frase que resume, y reemplaza, cualquier delirio intelectual pseudoprogresista:
“La democracia no consiste sólo en la garantía de la libertad política; entraña a la vez la posibilidad para todos de poder alcanzar un mínimo de felicidad siquiera”
Además uno de los méritos de Don Hipólito, fue que vivió de la misma forma que actuó en política, materia en la cual los radicales posmodernos tenemos un débito importante.
Durante muchos años se alejó de la vida política y se dedicó a trabajar duramente, lo que le permitió acumular ahorros a los que acudió luego para poder hacer política sin tener que depender de ayudas corporativas. En resumen todo lo dio por la Causa, muy diferente es lo que ocurre hoy.
No existen líderes peronistas que puedan exhibir conductas similares, no hay dirigentes de esa extracción que conduzcan desde la autoridad y no desde el autoritarismo. Obligar a ir a un ciudadano a un acto público pagándole, o dándole la dádiva que sea, es un gesto de un profundo autoritarismo.
Es preferible no analizar el mismo suceso autoritario pero ligado al voto, no resiste la consideración desde ningún lugar del pensamiento democrático.
Estas eran las cosas que a simple vista nos diferenciaban del Régimen. En próximas entregas voy a hilar un poco más fino, a hacer análisis más minuciosos sobre este tema apasionante y determinante para nuestro futuro como partido.
Septiembre de 2008.
PARTE I
Producido por Marcelo Luis Tassara
No tengo dudas que es uno de los temas que ineludiblemente tenemos que abordar si queremos realmente llevar adelante la recuperación de la Unión Cívica Radical.
Con bastante preocupación, en innumerables diálogos con militantes radicales llevados a cabo en los últimos años, salvo contadas excepciones, no he escuchado argumentos mínimamente fundados sobre cuales son las diferencias de pensamiento que nos separan del peronismo.
Tener que luchar contra tamaña fuerza movimientista sin tener en claro esto, es como ir a una guerra de última tecnología muñido de un arco y una flecha.
No tengo dudas que es una de las principales causas por las cuales de los veinticinco años de democracia que estamos por cumplir, diez y ocho el peronismo estuvo, y está, en el poder. El no contar con una militancia activa que pueda marcar elocuentemente las diferencias que nos separan de la doctrina justicialista, es una carencia determinante para el logro de un discurso opositor coherente y creíble. Siendo éste el primer paso que nos calificará para ser una ser una opción válida que nos permita retornar al poder.
No voy a hacer un estudio científico de tan vasto y complejo tema, me llevaría mucho tiempo y estoy convencido que desde la experiencia militante, y alguna que otra lectura, puedo hacer un aporte útil y necesario.
Ideas preliminares
Es común escuchar en el pensamiento del hombre común que el radicalismo y el peronismo son la misma cosa salvo que, puestos a gobernar, éstos saben hacerlo y nosotros no.
Que el peronismo sabe ejercer el poder y los radicales somos unos inútiles, que nunca hicimos nada cuando nos tocó gobernar.
Como toda aseveración popular esta ineptitud que nos endilgaron tiene algunos argumentos que son veraces y otros, en mi opinión un porcentaje muy alto, que son totalmente falaces, equivocados y hasta mal intencionados.
Esta creencia, sumada a dos gobiernos radicales que no terminaron su mandato –más allá de las razones que produjeron sus caídas-, hizo que ocurriera un hecho determinante para nuestro futuro como Nación, perdimos la batalla cultural. Nuestras ideas, nuestra visión de la vida, las instituciones, la cultura, la educación, la ciencia, el Estado, etc. fue dejada de lado por el pueblo argentino.
Hubo varias agrupaciones políticas que intentaron rescatar nuestro ideario, pero los fracasos y la falta de proyección nacional fue el resultado. Tal vez haga falta más tiempo y algunas de las hoy vigentes lo logren, pero hoy estamos en un período de transición.
El peronismo tiene una base electoral que ronda el cuarenta por ciento del electorado y un diez por ciento de votantes que según sus intereses particulares y corporativos le da su voto. Haciendo una interpretación muy simple, esto es el fiel reflejo de lo que los politólogos y cientistas sociales denominan POPULISMO. El voto de los más necesitados, cautivo del peronismo, sumado al diez por ciento de los más pudientes.
El voto de la otra mitad, el más difícil de conseguir, está atomizado en decenas de fórmulas poco serias y definitivamente oportunistas en su gran mayoría.
La derrota cultural, y política por supuesto, es tan profunda que uno de nuestros historiadores más conspicuos, de renombre internacional, como es Tulio Halperín Donghi aseverara:
“Ya me acostumbré a la idea de que la Argentina es peronista”
No intento en estos escritos el buscar culpables dentro de nuestro partido, en cuanto a que cuando se llega a una situación así, no sólo en política si no en toda actividad humana, las acciones propias, sin ninguna duda, estuvieron teñidas de errores, de malas interpretaciones, de discursos y conductas equivocadas.
Pero para intentar cambios alguna mención, sin dar nombres, voy a hacer. Si no es mucho más difícil encontrar la senda de la recuperación del partido.
En algún acto allá por mediados de los ochenta, se dijo que había “que peronizar el radicalismo”, lamentablemente estas palabras tuvieron una fuerza incontenible. La eficiencia con que lo hicimos fue magistral.
Tan determinante fue esta “peronización” que el pueblo no nos diferenció más. Ya lo he expresado en párrafos anteriores y en otros escritos preliminares con un poco más de precisión.
Copiamos todo lo malo del peronismo, pero nada de lo bueno. Su solidaridad para con el compañero, su espíritu de cuerpo usado en pos del bien común y el bienestar general, la mano extendida para ayudar al que está pasando un mal momento, etc., etc.
Sí copiamos: el manejo autoritario del poder, el espíritu faccioso (sumado a que ellos sólo lo ejercen para afuera, contra el adversario político, no con el correligionario-compañero), el desmembrarse con sesgo movimientista para ocupar espacios en cualquier lugar con tal de estar y cobrar un sueldo, la competencia en elecciones internas donde sólo se disputan cargos sin discutir ideas, modelos o proyectos diferentes, el hacer campañas sin contenido programático no proponiéndole al votante absolutamente nada, el continuar desde el gobierno modelos económicos ultraconservadores que nos condujeron al caos, etc.
Estos errores tuvieron que ver también con la importación de ideas pseudonovedosas de las socialdemocracias europeas, imposibles de adaptar a la cultura y nivel de desarrollo humano que tenemos en la Argentina. Además de dejar de lado, por pereza o desconocimiento, ideas pergeñadas por pensadores radicales que son muchos más adaptables a nuestra idiosincrasia, y políticamente mucho más democráticas y progresistas, que las mal copiadas por algunos intelectuales y cientistas políticos que poco tienen que ver con el radicalismo. Para dar un ejemplo concreto: Yrigoyen, Sabattini, Lebensohn, Balbín e Illia ya hablaban de democracia social hace muchas décadas atrás.
No se es un genio o un gran intelectual por invertir los términos y decir socialdemocracia.
Además Yrigoyen, Illia y el mismo Alvear, transformaron a la democracia social en algo concreto, tangible, de la mano de sus acciones de gobierno y sus conductas personales. No se quedaron sólo en la declamación discursiva o vacía de contenido.
Este fenómeno de la importación de ideas muy poco aplicables a la realidad nacional y a la doctrina radical, está íntimamente relacionado con las mentes colonizadas que, en general, exhiben nuestros líderes partidarios responsables de las grandes decisiones. Éstos son poco afectos a la lectura y el estudio, sobre todo del pensamiento radical, y están alejados de la militancia al lado del pueblo. Para colmo se rodean de tecnócratas que les venden ideas de actualidad que poco tiene que ver con nuestra doctrina y, lo que es más grave aún, con nuestra forma de vida y con nuestra cultura. Este alejamiento de los problemas del hombre común los deslegitima absolutamente como dirigentes.
Los técnicos (sociólogos, politólogos, economistas, etc.) tiene que apoyar a los políticos –son muy útiles y necesarios-, pero somos nosotros los responsables de delinear el ideario partidario, así como las políticas públicas que van a incidir sobre el bienestar del ciudadano.
No estoy cerrado al advenimiento de nuevas ideas, por favor no lo interpreten así, pero éstas hay que debatirlas y ponerlas al alcance de los militantes en reuniones de comités, convenciones provinciales, nacionales; así como en los plenarios de todos los comités distritales, para seleccionar y discernir cuales se adaptan al radicalismo y cuales no.
¿Cuántos años hace que no tenemos debates de este tipo?
Un partido político sin debate es una entelequia, una organización vacía de contenido, algo que no existe, la creación de algún interés trasnochado.
Don Hipólito Yrigoyen, al que muy pocos correligionarios conocen con algo de profundidad, tenía una frase que resume, y reemplaza, cualquier delirio intelectual pseudoprogresista:
“La democracia no consiste sólo en la garantía de la libertad política; entraña a la vez la posibilidad para todos de poder alcanzar un mínimo de felicidad siquiera”
Además uno de los méritos de Don Hipólito, fue que vivió de la misma forma que actuó en política, materia en la cual los radicales posmodernos tenemos un débito importante.
Durante muchos años se alejó de la vida política y se dedicó a trabajar duramente, lo que le permitió acumular ahorros a los que acudió luego para poder hacer política sin tener que depender de ayudas corporativas. En resumen todo lo dio por la Causa, muy diferente es lo que ocurre hoy.
No existen líderes peronistas que puedan exhibir conductas similares, no hay dirigentes de esa extracción que conduzcan desde la autoridad y no desde el autoritarismo. Obligar a ir a un ciudadano a un acto público pagándole, o dándole la dádiva que sea, es un gesto de un profundo autoritarismo.
Es preferible no analizar el mismo suceso autoritario pero ligado al voto, no resiste la consideración desde ningún lugar del pensamiento democrático.
Estas eran las cosas que a simple vista nos diferenciaban del Régimen. En próximas entregas voy a hilar un poco más fino, a hacer análisis más minuciosos sobre este tema apasionante y determinante para nuestro futuro como partido.
Septiembre de 2008.
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